En Perro Blanco tenemos una tendencia irreconciliable con el mundo adulto: procrastinators bastante, por no decir casi todo. En ese conflicto que nos tiene hablando de cosas que ya se estrenaron o de llegar tardísimo se nos ocurrió que estaba bueno escribir algo sobre autos. Era para el número de Baby Driver. Como se darán cuenta la puntualidad es lo nuestro. Así y todo como vivimos en una revista en la que importa más la libertad que la agenda, como se imaginarán, no nos intimidó la procrastinación. El trabajador de la crítica que es el señor Ignacio Balbuena (trabajador porque hay poca gente que escriba tanto y con tanto empeño como él, cosa que agradecemos) se despachó entonces con un notón sobre las películas que incluyen autos, intentando recordarnos no solo algunos puntos altos sino de paso intentando indagar qué relación hay entre la velocidad, las ruedas y cierta filosofía popular. Ustedes pasen y lean. Guarda que no hay airbag al final, eso si.

Los autos locos

Por Ignacio Balbuena

No sé manejar ni soy particularmente fan de los autos, pero me resultan especialmente atractivos en el cine. Como las palomas de John Woo o la forma de correr de Tom Cruise, las persecuciones de autos son parte del lenguaje del cine. Hay una mística en el rugido de los motores, el ruido de las llantas contra el asfalto, el humo de los caños de escape, en un auto pasando veloz al lado de una cámara que lo toma al ras del piso, on en un conductor profesional amante de la velocidad y los caminos. Los autos son riesgo, peligro, aventura, son el coqueteo con la muerte ya sea de los criminales (como Kowalski en Vanishing Point, que sólo comete el crimen de manejar) o de los profesionales (como Niki Lauda y James Hunt en Rush, que corren carreras de fórmula 1 con determinación michaelmanniana). Y ya no son exactamente películas de autos sino heist movies / technothrillers de acción grandotes, pero en Rápido y Furioso 7 (reseñada en la revista acá)Dominic Toretto le dice a Letty algo así cómo: ‘Dicen que los caminos despejados te ayudan a pensar. En donde estuviste, en donde vas a estar’. Hermosa filosofía barata, propia de la rusticidad de quien tiene fluidez no en el lenguaje cotidiano que hablamos todos sino con el lenguaje de fierro y aceite de los autos vintage y deportivos que pueblan la saga, aún cuando las persecuciones involucran submarinos en la antártida o tanques de guerra. Para Toretto no pasan los años, pasan las millas.

Incluso lo uber-cool como la sobrevalorada Drive, con el jamás expresivo Ryan Gosling, tiene al menos una secuencia memorable, esa del comienzo donde el conductor maneja con la precisión de un cirujano y luego entra ‘Nightcall’ de Kavinsky y se produce la magia. El logo rosa flúo, la mirada lacónica, las calles de Los Angeles y el vocoder opaco sobre los arpegios de sintetizador construyen un clima de ensueño. Por supuesto, no hay Drive sin The Driver, película con una persecución inicial igual de experta pero sin la precisión exagerada que propone el director Nicolas Winding Refn. Es una persecución con choques, con chispas, con un peso y un realismo lejos de la precisión quirúrgica para desenvolverse en las calles que tiene Gosling. Los conductores de los ‘70s como Ryan O’Neal en The Driver conservan el estoicismo y el profesionalismo gélido pero fuera de las calles. Tras el volante, hay algo físico que se transmite, que emana fuera de la pantalla y genera vértigo, una sensación exhilarante que producen los demonios detrás del volante, a la manera de Ansel Engort en Baby Driver. ‘De-De-Devil Behind The Weels’, rezaban los sampleos tartamudos que hacía Baby en sus cassettes, y es una definición que aplica para muchos personajes a lo largo de muchas épocas del cine.

Un responsable de mi curiosidad por los autos en el cine, antes del musical noir de Edgar Wright, fue Tarantino, con una película que probablemente esté entre sus tres mejores. Death Proof, con sus homenajes explícitos al cine (cuando no) de género y exploitation de los ‘70, es una gran gateway drug al cine en cuatro ruedas. Ahí tenemos el homenaje al mencionado antihéroe americano de Vanishing Point, Kowalski, que siguiendo las huellas de Busco mi Destino, hace de la persecución a campo traviesa un manifiesto existencialista apropiado para la contracultura de aquellos años, con secuencias psicodélicas y rebelión a la autoridad. Para Kowalski sólo existe la ruta y entrega su vida en un choque violento, después de flashbacks que lo demuestran desilusionado por una vida incompleta. Sólo le queda el speed que le provee un hippie, la ayuda de un ermitaño en el medio del desierto, un DJ negro que lo asiste por la radio. Los rednecks y las autoridades son sus enemigos, obstáculos en una carrera infinita contra el tiempo que abarca toda la película de principio a fin. Freebie and the Bean, Smokey and the Bandit, Dirty Mary Crazy Larry, son ideales para complementar el panorama de la década. Nombres extravagantes pero premisas simples: persecuciones y más persecuciones, ya sea en clave de acción o con toques de comedia, siempre los autos son protagonistas.

Los vehículos en el cine también son símbolo de status, de elegancia, no sólo de filosofías de vida. Michael Caine en The Italian Job viste trajes elegantísimos, planea secuencias con la meticulosidad de un espía de Misión: Imposible pero a la vez aprovecha para usar varios mini-cooper y desplegar habilidad en el volante pero sin arrugarse el traje. El ladrón experto en autos siempre es un experto en buen gusto. O al menos en el cine con afecto por los autos clásicos/vintage como el Dodge Challenger. Eventualmente la estética del cine de autos fue cooptada por los autos deportivos musculares (igual que sus estrellas) de Rápido y Furioso, una película que empezó siendo un ripoff de Point Break pero con picadas y terminó siendo un blockbuster millonario de 8 entregas. Allí el estilo chic de los galanes setentosos y los autos vintage fueron reemplazados por motores modificados, colores chillones y saturados, fotografía digital nocturna, chicas exuberantes y con poca ropa. Bien grasa, como un derrame de aceite en el medio del taller. Pero también hermoso: la acción de la saga Rápido y Furioso es puro cine, con momentos de acción delirantes que desafían la física tanto como los momentos de melodrama desafían el buen gusto. Pero la estética y los personajes telenovelescos ponen los autos al frente. En Need for Speed, adaptada de un videojuego, el plot ridículo es una excusa para mostrar carreras de auto hechas sin CGI por un director ex-coordinador de escenas de riesgo. Dominic Cooper hace de un villano ridículo (si entrás con polera negra y actitud canchera es obvio que sos ‘el malo’) y el hermano del protagonista Aaron Paul (Jesse de Breaking Bad) muere en una escena tan imposible como exageradamente dramática. Pero el momento del choque fatal con el auto dando piruetas en el aire es un momento de verdadera poesía. Metal y fuego, cabriolas y volteretas imposibles, con un Michael Keaton ahí que siempre aporta gravitas al espectáculo.

Cabe distinguir la película ‘de autos’ de las películas de acción con persecuciones de autos centrales y memorables. William Friedkin filmó al menos dos, en Contacto en Francia y en la menos recordada pero también extraordinaria Vivir y morir en Los Ángeles. William Friedkin tenía en mente superar las persecuciones de Bullit, película fundamental para el cine de autos y fundacional para el cine de acción en su forma más pura. Ahí lo físico era genuino, no sólo los personajes estaban en riesgo, la propia crew de Friedkin se ponía en situaciones límite en busca de las tomas perfectas que pusieran al espectador al borde del asiento. Otras películas optaron por alejarse del efecto físico de poner al espectador en la situación y optaron por opciones más plásticas: el efecto animé de Meteoro de las hermanas Wachowski, estilizado y lisérgico, o la persecución de Dejá Vu en la que Denzel Washington maneja en dos líneas temporales diferentes. Un gimmick efectivo que añade un condimento extra. Después de todo, las posibilidades del cine de autos son, en algún sentido, limitadas. Un auto o varios persiguen a otro(s). Una trayectoria de A a B. Y sin embargo, con ese esquema se pueden tocar todos los géneros: Desde la comedia musical en The Blues Brothers, hasta una biopic excepcionalmente filmada, tensa y memorable en todos los momentos que involucran vehículos como lo es Rush (superando el standard Ron Howard) o un ovni existencialista como Two-lane Blacktop del gran Monte Hellman. Y hasta hay lugar para el nicolascageploitation(!) con Angry Drive es una especie de Ghost Rider vía 60 segundos -ambas, no casualmente, también de Cage-, que tiene mucho para disfrutar aparte de la presencia de Amber Heard (no hay película de autos posible, de todas formas, sin una femme fatale acorde). Es la prueba definitiva del lugar perenne de los autos en el cine, si hasta nos permiten reivindicar una de las últimas de Nicolas Cage, entonces los autos lo pueden todo.

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