Dos oportunidades

Por David Obarrio

Dos directoras sueltas en la maraña del cable. Una buena y otra mala. Dos historias de chicas en el trance hacia alguna forma difusa de adultez.

Ginger & Rosa (2012), de Sally Potter

Éramos unas niñas

La televisión nos da sorpresas buenas y de las otras. Aunque una película de Sally Potter, vista en la televisión o en cualquier parte, no constituye del todo una sorpresa; más bien es la constatación de una perseverancia fútil y un prestigio cuyo misterio no termina de resolverse. La directora inglesa no hizo nunca una película que valiera la pena, así que por ese lado no había que preocuparse mucho. Elle Fanning, por su parte, actriz principal de Ginger & Rosa, participó a su corta edad en algunas películas bastante estimables, como por ejemplo Un zoológico en casa (Cameron Crowe, 2011), Súper 8 (JJ Abrams, 2011) o Somewhere (Sofia Coppola, 2010). A esta altura ya sabemos de sobra que Elle es la niña hecha para bailar por los planos más que para estar plenamente en ellos: siempre leve y tristona como un junco, la integrante de las chicas Fanning que empieza a tocar un poco de cielo en cada película, justo cuando la querida Dakota parece volverse un alma en pena, el sonido melancólico de un nombre solo, perdido en el laberinto de Hollywood. Pero Elle Fanning, tristemente, todavía no es capaz de salvar una película como la que nos ocupa. Su misión, por ahora, no es entonces la del trazo contundente de la épica sino más bien la presencia a medias, el destino de estar en la escena durante un segundo que vale oro, para después volver a la madriguera de las hadas buenas, reservando rastros de potencia como un presagio, o un espectro con cara de santa.

La película de la pesada de Potter no alcanza nunca a aprovechar esa apariencia delicada y efímera, ese murmullo de la actuación que se afirma en secreto, con la consistencia indolente que se guardan los tímidos cuando se miran al espejo. Ginger & Rosa tiene el terreno con toda la fertilidad del mundo para cierta clase de película que al final no hace, porque no sabe, no puede o no quiere. El principio de los años sesenta, con su clima de guerra nuclear en ciernes, le servía en bandeja a la directora la posibilidad de una biografía del desconcierto: la adolescencia es la década, la crisis personal es la agitación del mundo, el pasaje hacia una forma difusa de adultez es el modo en que la vida social londinense de esa época preciosa se desembaraza, no sin turbación, de los restos venerables de un victorianismo que está todavía en el aire, acaso con la esperanza de quedarse unos minutos más. Ginger y Rosa son dos chicas amigas en medio de la turbulencia de esos años de cambio, hermosos y malditos en partes iguales. Potter filma los primeros pasos en el departamento de la marea sentimental, la pantomima de la guerra fría en el hogar, el trance de la amistad y la conciencia digamos que política, esto último como una forma de evasión y afirmación personal más que otra cosa. Pero la directora decide convertir todos esos fantasmas deliciosos en reliquias y meterlos en un almanaque. Ginger & Rosa es más fría que la muerte aunque juegue por momentos con los pasos de un melodrama sin convicción. Allí no habla una película de verdad, con su propia voz y su vitalidad, sino la Historia (con mayúscula) contada a los chicos. En realidad su verdadera ambición es el detalle mobiliario, la representación de la vida por la vía de la mímesis permanente, la idea por encima del mundo y el texto por arriba del cine. De pronto, para hacer que filma una película, se distrae a intervalos regulares con planos preciosistas y con pedazos de música que no alcanzan para disimular la irrelevancia desoladora del conjunto ni su falta de una ambición verdadera, aunque sea modesta, en el terreno del cine. Hace unos cuantos años, cuando se le ocurrió una película basada en la novela Orlando, se veía a la legua que a Potter tampoco le importaba nada el asunto llamado cine, pero el costado más o menos risqué con bolitas de naftalina del libro le ofrecía, quizá, la posibilidad de una simulación más enfática para entretener a la gilada con los manierismos prestigiosos de Woolf como coartada.

The Moth Diaries (2011), de Mary Harron

Diario íntimo

Pero también, sin que haya pasado por los cines argentinos, uno puede encontrarse en el cable con una cosa tan anómala y bellamente realizada como The Moth Diaries. Pienso que debería haber más películas así; es decir, más películas pequeñas, tímidas solo en apariencia, películas leves y luminosas, que sirvieran no para explicar el mundo sino para revelar, como en un mapa dedicado a cartografiar universos paralelos, desconocidos hasta ahora, la existencia de zonas sutiles e inholladas; o para mostrarnos, ya que estamos, esas porciones de experiencia para las que, acaso por pudor, no tenemos un nombre pero sí un dolor correspondiente. La película de Mary Harron (responsable de las meritorias y discutibles I Shot Andy Warhol y Psicópata americano) es una historia de chicas, un retrato agridulce de adolescencia malgastada, una película sobre la amistad y también sobre la pérdida. Además, es una gran película de vampiros. Pero la cuestión, como siempre, es qué diablos es un vampiro. The Moth Diaries no nos ofrece en esta oportunidad una de esas criaturas ferozmente solitarias, formateadas hasta el cansancio por ciertos arrebatos del Romanticismo, figuras tristes y olvidadas, siempre atadas con cadenas a su dolor para toda la eternidad. Uno de los gestos sabios de la película de Harron es delinear a la niña vampiro como provista de un carácter decididamente demoníaco, de animalito cuya misión indeclinable no es la de la mera supervivencia sino la de cegar la vida, intervenir en la corriente de amor en la que se desenvuelve la protagonista y sus amigas para implantar en medio la duda y el sufrimiento. La directora filma un grupo de chicas en una especie de internado de lujo: la vitalidad melancólica de sus movimientos de adolescentes – la música, el baile, las drogas, el sexo, los celos – resulta ser, también, el modo en el que se sospecha de la autoridad y se alcanza a presentir la naturaleza aterradoramente provisoria del presente. Pocas veces unos zapatos mal lustrados expresaron con tanta contundencia la desconexión esencial entre dos mundos distintos, llamados a coexistir sin comprenderse nunca: The Moth Diaries irradia todo el tiempo una calidez extraña, un fulgor que se derrama prácticamente sobre cada escena como una fatalidad y nos señala la presencia del Mal por la vía del absurdo. Si es verdad que la astucia mayor del elemento maligno es la de invisibilizar su estatuto terrible, la de hacernos creer que se trata en realidad de una trampa de la mente, la película da en el blanco al dedicarse a unir con delicadeza los puntos en los que el abandono, la muerte joven, la pérdida de la inocencia y la desconfianza súbita ante aquello que nos rodea (como si el espejo nos devolviera una imagen desajustada, una mácula sorpresiva, una jeta no del todo adecuada) conforman una misma trama de tristeza e incluso, por qué no decirlo, de horror. The Moth Diaries está filmada como los dioses pero sin el menor alarde, y su grupo de intérpretes femeninas, en el que por suerte no hay ninguna cara demasiado conocida, es un prodigio humilde y sutil de cómo afrontar cada plano, con una mezcla feliz de recato y de arrogancia no asumida. Al fin y al cabo es un bello cuento con vampiros, elaborado casi sin sangre, en la que una de las formas más eficaces del miedo es que a una adolescente su mejor amiga la reemplace por otra al principio del año lectivo. Para Harron, el infierno también pueden ser los otros cuando nos dejan de querer.

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