Killer Joe 
EE.UU., 2011, 103′
Dirigida por William Friedkin
Con Matthew McConaughey,  Emile Hirsch,  Thomas Haden Church,  Gina Gershon, Juno Temple

Los salvajes

Por Gabriel Santiago Suede

Qué maravilla que es la libertad cuando se pierde. Hay que ir a buscar a los salvajes, a esos tipos a los que nunca les importó nada eso de llevarse todo puesto con tal de no perder las libertades más indispensables. No, Scorsese de a poco se fue adaptando, Coppola no pudo, Ferrara perdió espacio, De Palma fue marginado como pocos, Bogdanovich terminó resignado a ser un has been. Carpenter casi imposibilitado de filmar. Eastwood, (dentro de los viejitos que comenzaron en los 60s-70s) es el último de los mohicanos? Bueno, hasta hace no mucho era uno de los pocos, junto a ese otro maravilloso viejo libertario que es William Friedkin, quien hasta 2011 logró mantener una cierta vitalidad, que de a poco fue deteniéndose, con su último largometraje en 2017 (The Devil and father Amorth, que reseñamos en esta nota). Con una década del 70 brillante, con una década del 80 excelente, y con una filmografía errática durante la década del 90 (que bien podría hacerse extensiva hasta 2003, con la menospreciada La cacería como cierre de ciclo), los 2000s (o al menos de 2006 a 2012) encontraron a Friedkin con un nuevo aire, pero también con la necesidad de apropiarse de un material que, al menos desde la época de sus primeros films, le resultaba ajeno: el teatro.

Porque si algo le dio aire al último WF que supo brillar con luz propia (porque el de 2017 parece que no tanto) eso fue la capacidad de reinventarse, de cambiar el tono, de convertirse en algo que no era, como si con los años el viejo maestro se hiciera joven, se olvidara de los planos y contraplanos, como si volviera a confiar en el plano general, en los actores, en el grotesco de la exageración de un doble noir (comedia y policial). Porque no hay que tomarse muy en serio a la locura de Friedkin que, con Killer Joe se lleva puesto al teatro, al cine teatral, a McConaughey, al buen gusto, a Pasolini (hasta Teorema está dando vueltas por aquí), al cristianismo (bueno, a ese muchacho hace buen tiempo que Friedkin le hace fistfucking) y a cuanta cosa se le cruce. Con esa libertad que solo tienen los que no le deben nada a nadie, los que no tienen mas que futuro, con esa libertad, Friedkin hizo su anteúltimo largo en un digital pastoso, incómodo, feo, como entregado a un anticine que tiene mucho de voluntario y poco de torpeza accidental, como he oído decir. Llegué tarde a verla? Si. Pero bienvenido sea, casi con una década de retraso.

La libertad que se disfruta en este Friedkin es que el goce está presente en el peor de los sufrimientos, como si Friedkin entendiera que ambas cosas pueden ir juntas de forma sistemática, que ambas hacen un maridaje extraordinario. Que ambas construyen una incomodidad que se pega a la piel y se hace blanda al contacto, con la viscosidad de una babosa en celo. En Killer Joe todo comienza como un mal truco, una mala versión de un noir de los 40s pero con más conchas al aire que lo usual. También parece mal cine porque hay mucho grito, mucha sobreactuación, mucho énfasis puesto en lo gestual, como si la película nos estuviera pidiendo que entendiéramos que la cuestión no va por pedirle verosimilitud y realismo tradicional, sino por animarse a hacer el salto hacia el mundo chancho del naturalismo, que es una pendiente que todo lo tritura, que a todo lo mezcla en el mismo lodo. Ferrara, Lynch, Ferreri, Coen. Todo, todo menos el director de Sorcerer.

Por eso, a lo largo de esa pendiente de degradación (que incluye asesinatos por encargo, cobros de seguros, cuernos cruzados del tamaño de un alce canadiense, abusos de poder varios) Friedkin nos va llevando como un Virgilio de putas, como un guía que sabe que todo esto va a terminar en un gran despelote. Por eso necesita que entendamos el código de la locura (más cercana a Ferrara que a lo que supo ser su cine en épocas anteriores: todos pueden cambiar), no para catacterizarla, no para señalarla ni patologizarla, sino para bailar con ella una danza de degradación que incluya pijas, patas de pollo, latas de arvejas, tetas y conchas mostradas selectivamente, pero también suciedad, grasa, maltratos y cuantas cosas horribles más pueda poner en 10mts cuadrados que se parecen mas a un ring antes que a un escenario teatral. Porque Killer Joe es eso: una pelea contra nosotros mismos y nuestras expectativas, buen gusto y tantas preconcepciones más. Contra todas. Contra todos, Friedkin entrega un final mágico, casi salvífico, una parodia perfecta, una sátira desmadrada. Solo la muerte trae vida. Y el ángel exterminador que concibe con McConaughey hace eso: nos trae el mundo el hijo podrido de unas entrañas que el mundo ya no quiere ver, porque pertenecen a otro siglo.

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