La chica que saltaba a través del tiempo (Toki o Kakeru Shôjo) 
Japón, 2006, 98′
Dirigida por Mamoru Hosoda

For no one

Por Luciano Salgado

Escribo esto apenas a un par de horas de que se establezca la cuarentena en Argentina debido al altísimo nivel de contagio del coronavirus. Acaso funcione terapéuticamente, acaso no, necesitaba volver a ver películas de Mamoru Hosoda, un director que no solo me encanta sino que considero absolutamente indispensable en esta época de cinismo, descreimiento y de alejamiento acelerado respecto de las formas de la narración clásica, pero fundamentalmente alejado de una ética y amor por los personajes que nos retrotrae a otras épocas. Como si el presente no fuera su tiempo de pertenencia, lo de Hosoda es siempre una gigantesca inactualidad, de esas que obligan a suspender todo para conectar por otras vías y por otros medios. Será por eso que en un contexto angustiante, en el que el presente se nos ha vuelto infinito, en el que el pasado parece pertenecer a otras eras geológicas que ya no somos capaces de reconocer, y el futuro se vuelve un material indefinido, impreciso, peligroso inclusive, la inactualidad a la que nos convoca Hosoda no solo es deseable, mas bien parece indispensable. En ese orden de cosas, solo, con una necesidad imperativa de sentirme cuidado, me puse a ver una película que hacía muchos años no veía.

La chica que saltaba a través del tiempo es una película de un lirismo que es marca autoral en la mayor parte de las películas de Hosoda, pero es casi imposible de encontrarse en el presente (exceptuando quizás a ese exquisito hacedor de melodramas que es Joe Wright, y en cierta medida, siempre y cuando la pega, a ese otro genio contemporáneo que es James Gray). De hecho siempre que se menciona el tono lírico y excacerbado, de pasiones desgarradoras, el ojo casi siempre nos tira bastante más para atrás, ahí donde reina Frank Borzage. Pero el lirismo de Hosoda es de otro orden, porque su exceso logra inmiscuirse en las formas de géneros que exceden largamente a las limitaciones acaso más realistas del melodrama. Hosoda no tiene miedo a las películas de adolescentes, ni al mal (horriblemente) llamado cine infantil, ni a las diversas formas del fantástico y el maravilloso. No: en el cine del director todos esos materiales son la plastilina indicada para que el mundo se convierta en un espacio en el que los personajes deben elegir. Y con esas elecciones, sufrir. Y con ese sufrimiento, aprender. Pero la característica central es que esos aprendizajes tensan tanto la cuerda, de un modo tan doloroso, que toda decisión que se juega en el marco de esas películas es algo más que una decisión circunstancial. Bien por el contrario, el cine de Hosoda está definido por un vitalismo, más bien por un existencialismo desmedido, en donde las acciones tienen consecuencias con las que hay que cargar, pero que al mismo tiempo están atravesados por una energía, un elán vital bergsoniano indetenible. Y esas consecuencias pesan invariablemente sobre la conciencia de los personajes.

En la dirección del peso existencialista de las decisiones no se me ocurre una película más representativa de esa idea que La chica que saltaba a través del tiempo, que no es otra cosa mas que una película sobre la relación encadenada de todas y cada una de esas decisiones que nos hacen ser quienes somos y que a su vez afectan a los demás. Concebida como una suerte de mezcla de Volver al futuro III con melodrama adolescente, la película organiza un intrincado sistema de relaciones y paradojas temporales en los cuales se desplaza su protagonista, una adolescente que azarosamente se encuentra con un dispositivo que la habilita a desplazarse en el tiempo, pero siempre hacia atrás, modificando así los hechos en el presente. Con esa premisa elemental la película dispone toda una serie de tonos que logra superponer con una fluidez envidiable (algo que el director hace en la mayor parte de sus películas: superponer tonos, cambiar velocidades, logrando una circulación narrativa que permite que la película nunca se estanque en ninguno de los códigos emocionales que propone), haciendo que aquello que comienza como una película de estudiantes vaya virando lentamente a los modos del fantástico, para luego naturalizarlos y hacerlos formar parte de un segmento en donde predomina la comedia (y en donde la película recuerda a Hechizo de tiempo…o El día de la marmota, aclaración para millenials) pero luego el viraje nos lleve hacia el formato del melodrama hecho y derecho.

A lo largo de La chica que saltaba a través del tiempo el centro que se impone es el del carácter determinante de toda elección vital, que recuerda que aquello que se hace no se puede deshacer y tiene consecuencias. De ahí que la película sea tan permeable a una lectura metafórica que, afortunadamente, no logra instalar, por lo tanto, que no permita arruinar los adorables juegos de los géneros ni el verosímil del fantástico. Cuando la película se acerca a su cierre, luego de haber testimoniado una y mil variantes de modificaciones temporales para que no se produzcan hechos terribles, entendemos que detrás de todas las elecciones que vimos siempre hubo una mano manipuladora, que siempre el tiempo fue revisado y que ninguna elección fue quizás una elección del todo. En ese carácter casi trágico, se funda una relación que de apasionada no tiene una sola gota ni un solo gesto, pero que en su contención y en una frase de cierre (“te espero en el futuro”) nos estalla a nosotros como espectadores, porque sabemos que esos personajes que queremos y a los que les deseamos lo mejor acaban de sufrir por nosotros.

Vuelvo al presente, como si literalmente hubiera saltado a 2006, el año de estreno de la película. El hechizo funcionó y el tiempo se movió. Y el pasado fue presente y este presente fue futuro. Y todo esto que nos pasa todavía no había existido.

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