Autor: Gabriel Santiago Suede

Killer Joe

Qué maravilla que es la libertad cuando se pierde. Hay que ir a buscar a los salvajes, a esos tipos a los que nunca les importó nada eso de llevarse todo puesto con tal de no perder las libertades más indispensables. No, Scorsese de a poco se fue adaptando, Coppola no pudo, Ferrara perdió espacio, De Palma fue marginado como pocos, Bogdanovich terminó resignado a ser un has been. Carpenter casi imposibilitado de filmar. Eastwood, (dentro de los viejitos que comenzaron en los 60s-70s) es el último de los mohicanos? Bueno, hasta hace no mucho era uno de los pocos, junto a ese otro maravilloso viejo libertario que es William Friedkin, quien hasta 2011 logró mantener una cierta vitalidad, que de a poco fue deteniéndose, con su último largometraje en 2017 (The Devil and father Amorth). Con una década del 70 brillante, con una década del 80 excelente, y con una filmografía errática durante la década del 90 (que bien podría hacerse extensiva hasta 2003, con la menospreciada La cacería como cierre de ciclo), los 2000s (o al menos de 2006 a 2012) encontraron a Friedkin con un nuevo aire, pero también con la necesidad de apropiarse de un material que, al menos desde la época de sus primeros films, le resultaba ajeno: el teatro.

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Buscando justicia

Suelo llegar tarde a casi todos lados. Es una constante en mi vida. La cuestión es que, para no perder la costumbre, había leído algunas reseñas favorables a esta película pero por esas cosas del trabajo, hijos, esposa, vida en general, se me había hecho imposible ver. Bueno, llegó el fin de semana. Por esos azares que brindan los compromisos familiares me tocó quedarme solo entonces me puse al día. Por algún motivo empecé por Buscando justicia. Todo lo que había leído sobre ella me resonaba a esas películas bienintencionadas sobre juicios malhabidos y condenas injustas. No me pregunten por qué, pero conmigo suele funcionar muy bien eso: En el nombre del padre (Jim Sheridan, 1993) me había afectado bastante al final de mi adolescencia, allá por inicios de los 90. El problema es que estas películas suponen un problema más bien del orden de lo afectivo, de lo emocional, antes que cualquier otra cosa.

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Dossier Estudio Ghibli (VI): Mi vecino Totoro

No tengan la menor duda que si Miyazaki cuenta con obras maestras en su haber, esta es la principal de ellas. Pero no vengo a hablar aquí de las obras maestras del nipón. Ni del trazo. Ni del realismo. Ni del fantástico. Ni siquiera de el sustrato ecológico de buena parte de su obra. Vengo a hablar de la tristeza. Porque si algo contiene Mi vecino Totoro a lo largo de sus 86 minutos es una tristeza infinita disfrazada de felicidad (algo que también nos proporciona la película, en particular en ciertas escenas y en su final hermoso y dulce). La felicidad en esta película es la contracara perfecta de una melancolía perenne, cuyo emergente principal es la sonrisa. Todos o casi todos sonríen en MVT, como si el dolor no existiera. O como si hubiera que conjurarlo de algún modo, atentando contra su presencia. Pero esa presencia no necesita ser refrendada simbólicamente (a tal punto que toda una serie de leyendas urbanas convirtieron a la historia de la película en la figuración infantil de un hecho real y terrible sucedido en 1963, pero para quienes quieran indagar teorías conspirnoicas, les dejo este link), sino que la misma superficie de felicidad artificiosa es el primer síntoma de esa tristeza presente.

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Amenaza en lo profundo

Malacostumbrados a un humanismo mal entendido con muchas palabras, con personajes con traumas y pretensiones vacuas, nos hemos dejado llevar por un cine de aventuras empobrecido y sin ideas hacia el fondo del océano de la mediocridad. No, la culpa no es de Michael Bay y sus tonteras de turno. La culpa es nuestra que perdimos la aventura, dejamos ir a los héroes clásicos, esos que se sostenían sobre los actos, sobre las acciones elementales y no sobre la presunción de psicología. No, los héroes clásicos, en su discreta forma de abordar un humanismo asordinado, siempre fueron más bien tímidos y proclives al trabajo (al manual, sobre todas las cosas). Por eso cada vez más se nos impone la estatura gigante de ese último gran clásico que es Eastwood, con sus películas de trabajadores silenciosos y heroísmos sin estridencias. Pero también hay más trabajadores del silencio y la espera, herederos de las mejores tradiciones del clasicismo. El olvidado James Cameron es uno de ellos (olvidemos su rol como productor, por todos los cielos). Otro es John Carpenter, acaso otro orfebre de del trabajo manual. No es casual que el espíritu del cine de estos últimos dos directores esté dando vueltas en torno a esta sorpresa de jueves que es la ninguneada Amenaza en lo profundo

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Dossier estudio Ghibli: una introducción

Mega dossier en tres grandes partes, febrero nos trae el primer tercio de nuestro ingreso al cine del estudio Ghibli. Un poco con la excusa de la distribución de todas las películas del estudio por parte de Netflix y otro tanto porque teníamos ganas de revisar y descubrir un material maravilloso, a partir de este número (y durante los meses de marzo y abril) estaremos haciendo la cobertura del dossier en cuestión. Aqui su autor, traza algunos ejes que definen a la poética del estudio Ghibli.

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