Autor: Luciano Salgado

La chica que saltaba a través de tiempo

La chica que saltaba a través del tiempo es una película de un lirismo que es marca autoral en la mayor parte de las películas de Hosoda, pero es casi imposible de encontrarse en el presente (exceptuando quizás a ese exquisito hacedor de melodramas que es Joe Wright, y en cierta medida, siempre y cuando la pega, a ese otro genio contemporáneo que es James Gray). De hecho siempre que se menciona el tono lírico y excacerbado, de pasiones desgarradoras, el ojo casi siempre nos tira bastante más para atrás, ahí donde reina Frank Borzage. Pero el lirismo de Hosoda es de otro orden, porque su exceso logra inmiscuirse en las formas de géneros que exceden largamente a las limitaciones acaso más realistas del melodrama.

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Ragnarok

La comparación viene al caso aquí ya que Ragnarok juega a varios juegos conocidos, pero fundamentalmente al de las siete diferencias. En su vuelta de tuerca, que supone convertir a los materiales mitológicos en versiones seculares y mundanas, me resonaba algo que supo ser una moda pasajera hace un par de décadas pero que luego se perdió en el olvido. Algo me resonaba de finales de los 90s y los primeros 2000s, cuando una diversidad de películas y series (acaso corridas por el ánimo reflexivo tardío de la cultura pop, cīnica y descreída de los relatos clásicos de finales de siglo XX) se propusieron un camino alternativo a la ya remanida recurrencia de volver a contar las mismas historias a nuevas generaciones. Será por eso que algo de esta clase de propuestas traía implicado a un público con una competencia cultural adecuada como para ser parte de la fiesta. Porque si nos invitan a una fiesta y no sabemos bailar, como que mucha gracia no tiene el asunto.

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Dossier estudio Ghibli (II): Recuerdos del ayer

En buena medida el efecto melancólico que logra Recuerdos del ayer se deriva directamente de esa sensación de viaje temporal en el que se mueve la protagonista. El tren, en este sentido, es una elocuente figura, como si se tratara literalmente de una máquina del tiempo que reúne las condiciones de condensar en su interior todas las variables cronológicas de las personas que supimos ser durante el trayecto vital que atravesamos. En ese viaje la protagonista revista su memoria para entenderse en el presente, pero esos saltos no le proporcionan, al menor no necesariamente, la tranquilizadora frase “hiciste todo bien”, pero tampoco lo contrario. Por eso el punto neurálgico en el que hay que concentrarse para entender cómo se filtran todos los haces de luz de la memoria no está puesto en el juego con el tiempo, con el pasado que fue o no, con el presente que nunca termina de ser o con los futuros posibles. El centro está puesto en el armado de una máscara, que a lo largo de la película la protagonista no logra identificar. Esa máscara es la excusa tranquilizadora de las coming of age con sus arcos dramáticos que expresan cambios constructivos en las vidas de los personajes. Bildungsroman por otros medios.

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Fin de siglo

Cuando uno se enfrenta a Fin de siglo resuenan muchas películas a su alrededor, como si en efecto los 84′ de duración fueran un gran espacio acústico en el que reverberan otras películas que conocemos (aunque de forma sutil, elegante, sin forzar demasiado la referencialidad). Asi las cosas no deja de ser una lectura limitada y un tanto injusta. Porque la película de Lucio Castro parece bastante más que una suma de citas o referencias legitimadoras. Por eso la película no se organiza de buenas a primeras en la cabeza. No. No hay nada de clásica en ella, al menos narrativamente hablando. No obstante, cuando el juego establece sus reglas y podemos comprender el desplazamiento, las piezas se encadenan. Y lo que prosigue no es otra cosa mas que un elegante sistema narrativo que desarma cuando comprendemos la constelación que organiza. Si, se le puede adjudicar una duración algo desmesurada para lo que narra (en 60′ o incluso menos podía narrar lo mismo con mayor efectividad inclusive), pero a su vez ese tempo interno es el que funda la melancolía que impacta con los últimos minutos de metraje.

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La protagonista

La protagonista es el segundo largometraje de Clara Picasso (El pasante, de 2010, fue su primer largometraje en solitario), que, a diferencia de Salem, proviene de una tradición más distante, más anclada en ciertas formas del minimalismo que Rafael Fillipelli ha logrado instalar en las generaciones que se formaron con él en la FUC (la gesta del film colectivo A propósito de Buenos Aires, de 2006, dirigida por Martín Kalina, Matías Piñeiro, Malena Solarz, Cecilia Libster, Nicolás Zukerfeld, Juan Ronco, Manuel Ferrari, Francisco Pedemonte, Andrea Santamaría, Alejo Franzetti, Clara Picasso, es una declaratoria de principios que atravesó a buena parte de esa generación de directores, como si los hubiera marcado un código del que es muy dificil salirse). Hija de ese minimalismo, pero al mismo tiempo con un ojo particularmente puesto en los personajes (al igual que en su ópera prima siempre hay una premisa desencadenante relativamente clásica, pero que luego se disuelve en el orden de los personajes, quienes son los reales portadores del foco: cualquier tentativa de conflicto central se disuelve en lo accesorio, en lo situaciones hasta hacerlo desvanecerse), en La protagonista todo parte de una confusión, de una fama efímera que adquiere un personaje por haber formado parte de manera fortuita de un hecho que la vuelve famosa por unos días.

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