Amenaza en lo profundo (Underwater) 
EE.UU., 2020, 95′
Dirigida por William Eubank
Con Kristen Stewart,  Vincent Cassel,  T.J. Miller,  Jessica Henwick,  Mamoudou Athie, John Gallagher Jr.,  Gunner Wright

Tradiciones olvidadas

Por Gabriel Santiago Suede

Malacostumbrados a un humanismo mal entendido con muchas palabras, con personajes con traumas y pretensiones vacuas, nos hemos dejado llevar por un cine de aventuras empobrecido y sin ideas hacia el fondo del océano de la mediocridad. No, la culpa no es de Michael Bay y sus tonteras de turno. La culpa es nuestra que perdimos la aventura, dejamos ir a los héroes clásicos, esos que se sostenían sobre los actos, sobre las acciones elementales y no sobre la presunción de psicología. No, los héroes clásicos, en su discreta forma de abordar un humanismo asordinado, siempre fueron más bien tímidos y proclives al trabajo (al manual, sobre todas las cosas). Por eso cada vez más se nos impone la estatura gigante de ese último gran clásico que es Eastwood, con sus películas de trabajadores silenciosos y heroísmos sin estridencias. Pero también hay más trabajadores del silencio y la espera, herederos de las mejores tradiciones del clasicismo. El olvidado James Cameron es uno de ellos (olvidemos su rol como productor, por todos los cielos). Otro es John Carpenter, acaso otro orfebre de del trabajo manual. No es casual que el espíritu del cine de estos últimos dos directores esté dando vueltas en torno a esta sorpresa de jueves que es la ninguneada Amenaza en lo profundo (película concebida algunos años atrás pero que quedó congelada en la encerrona del traspaso de 20th Century Fox a Disney: adiós a la presentación del logo con los spotlights).

Como en buena parte de las películas grupales de Cameron y Carpenter (pensemos en Aliens, en El Abismo, pero también en Avatar, para el primero; pensemos en Asalto al precinto 13, La Cosa, Principe de las tinieblas, Los fantasmas de Marte, para el segundo), aquí el espíritu hawksiano, la camaradería, el cuidado común y la ausencia de actos heroicos inútiles (más allá de alguna que otra muerte sacrificada) está presente desde el minuto 4, porque la película no se toma mucho más que eso para hacer estallar todo por los aires como alguna vez había sugerido un mandamás del Hollywood clásico (si mal no recuerdo eran Irving Thalberg). Pero aquí lo que estalla no es el Krakatoa, sino una estación submarina que a los poquísimos minutos, sin que conozcamos a los personajes siquiera, se hace pedazos. De ahí que toda la película sea un recorrido con postas: primero intentando escapar del accidente, luego intentando encontrar un lugar en el cual sobrevivir, luego lidiando con criaturas submarinas de características lovecraftianas (incluyendo un Kraken espantoso y apocalíptico) y por último intentando ya no solo sobrevivir, sino evitando que esta nueva espacie que parece haber sido liberada del centro de la tierra emerja a la superficie y acabe con todos nosotros.

Si, hay algo de Carpenter, de Cameron, de Hawks y de Verne. Pero nada de todo eso que vemos está gritado a los cuatro vientos, porque otro de los elementos a favor de esta película querible es que su cinefilia no es un acto histérico, sino que está ahí para acompañar, para complementar lo que vemos, para que comprendamos que la película puede sola y no necesita ayuda del pasado. Pero que al mismo tiempo es factible rastrear sus orígenes en tradiciones olvidadas. Por eso todos sus actores están contenidos, empezando por la especialista en inexpresividad (injustamente maltratada, ya que es una gran actriz) que es Kristen Stewart, que siempre hace el mismo papel pero al mismo tiempo siempre es distinto (tradición eastwoodiana si las hay: aprendan camaleones de la actuación), siguiendo por Vincent Cassel con un chaleco de fuerza y distribuyendo esa contención al resto del equipo. Todo lo que testimoniamos en Amenaza en lo profundo es una deriva lógica de una clase de cine (el de aventuras), de una ética (la de los héroes clásicos) y de una forma de narrar (la narración clásica sostenida en imágenes, en acciones mínimas y casi ausente de diálogos, confiando en lo que vemos y oímos). Por eso nos resulta tan anómala su presencia en la cartelera, en donde seguramente fracasará de forma estrepitosa.

Queda por mencionar, claro, el problemita de la voz over del inicio y el cierre, que no solo no suma nada a lo que veremos o vimos sino que en buena medida desvirtúa esa confianza en las imágenes, uno puede suponer, por su necesidad de construir un discurso empoderado en el rol de la protagonista. Curioso: ese empoderamiento ya estaba instalado. En ningún momento la película precisaba resaltar ni subrayar nada, porque ese rol heroico se había ganado gracias al trabajo muscular y cerebral de esa trabajadora de los gestos mínimos (comparar que es lo que sucede cuando está dirigida por un mal director, como en Los Ángeles de Charlie) que es la gran Kristen Stewart. A los ninguneados del mundo actoral, salud.

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