Alanis
Argentina, 2017, 82′
Dirigida por Anahí Berneri.
Con Sofia Gala Castiglione, Dante Della Paolera, Dana Basso, Silvina Sabater, Carlos Vuletich, Estela Garelli y Santiago Pedrero.

En carne propia

Por Marcos Rodriguez

Algo en el ritmo, en la vitalidad de las acciones de Alanis importa más que un encuadre preciso, que un corte perfecto. Y, sin embargo, cada secuencia, cada rincón de cada espacio recorrido encierra a su vez la película toda. El cine sopla en toda la película y su centro está a la vez en cada plano y en ninguna parte. Uno tiene la sensación de que podría cortar y aislar cualquier secuencia y armar con ella un ente pleno de sentido y, a la vez, ninguna sección es más importante que otra. Esta es la pura vitalidad de Alanis, que es todo lo que podría ser en cada momento y en su fluir todo.

Alanis, el personaje, no para nunca. De hecho no puede parar, las circunstancias la obligan: la echaron de su casa y tiene que buscar adónde ir con su hijo y cómo salir adelante. La concentración le hace bien a Berneri -la mejor directora argentina en actividad-, concentración de tiempo y de espacio. Le permite mantenerse pegada a su historia, a sus personajes. La cámara está cerca de los cuerpos de los actores, pero también las secuencias les siguen los talones, porque nunca terminan de estar en un lugar, que ya están saliendo para el siguiente. No hay tiempo para interpretar ni casi para entender, lo importante es encontrar dónde pasar la noche y al día siguiente de dónde sacar un mango.

El abandono en el que vive Alanis, pura calle, es a la vez transitorio y transversal. Mejor alejarse de la familia porque es jodido ser puta en un pueblo, mejor no trabajar la calle porque las otras tienen marcado su territorio, mejor alejarse de la tía que se enamora de su pibe, mejor mantenerse alejada de los juzgados.

Esto lleva a otro punto fundamental: hoy nadie filma las calles de Buenos Aires como Berneri. Lo cual sería más que suficiente para justificar cualquier película. Caetano y otros supieron filmarlas allá al principio del Nuevo Cine Argentino, pero desde que el cine argentino no está desamparado (escrito esto mientras el cine en Argentina atraviesa una nueva crisis), la calle parece haber perdido su peso. Berneri sale a buscarla, no con una misión de denuncia, sino con cine puro, de ese que sigue a sus personajes por cada esquina. Ese que se dispone a filmar a una puta sin preocuparse por aclararnos qué es lo que está bien o está mal en su comportamiento o su entorno sociocultural, sin la estampita de Ni una menos pero sin escapar al choque, dispuesta a incomodar al espectador si fuera necesario, dispuesta a filmar los cuerpos por los que atraviesan esos conflictos.

Berneri se erige así en la heredera de lo mejor que puede ofrecer el realismo cinematográfico: un medio que retrata a sus personajes y sus problemas, pero también retrata, a su vez, todo lo que los rodea y excede. Eso que es la vida, que se escapa de las definiciones tranquilizadoras.

Este vitalismo es el que acerca el cine de Berneri al del enorme Maurice Pialat. Las criaturas de Pialat tampoco tienen paz, pero ocasionalmente encuentran, como en el luminoso final de Alanis, un refugio entre iguales, alguna especie de familia transitoria y horizontal, un rincón donde se respira la felicidad, que después de todo también es parte de eso que llamamos vida.

Hay, sin embargo, un grado que separa la genialidad de Pialat del gran talento de Berneri. Es ese salto que permite, podríamos llamarlo así, la perversión. El mundo construido en Alanis es vibrante y en muchos puntos choca con lo políticamente correcto, pero en última instancia aparece un trabajo muy cuidado por no sobrepasar ciertos límites. En ningún momento la película denuncia, si bien deja en claro que en el caso de Alanis la prostitución sería una elección libre que, por tanto, se respeta. Pero en ningún momento tampoco vamos más allá. Alanis, el personaje, se mantiene como una criatura fundamentalmente buena: sí, coje por guita, es un poco guarra, la vemos chuparle la pija a un viejo colgajiento, pero todo lo que hace, lo hace por su hijo. Es el sacrificio de una madre. Cojer es mejor que limpiar inodoros y por eso Alanis elige ser puta y la película respeta esa decisión en tanto la prostitución se nos muestra como una forma de ganarse la vida.  Pero no hay placer en Alanis. Hay sexo, hay cuerpo y hay secuencias carnalmente calientes, pero el personaje nunca disfruta. Con el viejo era difícil, con el cliente en el telo, la escena más abiertamente sexual, tampoco hay placer: la cara de Sofía Gala lo explicita. De las frases trilladas a las puteadas (¿estimulantes?), lo que vemos finalmente es que la pobre chica está esperando a que el tipo acabe para poder irse. Lo cual es lógico. Pero ese resguardo ante el placer, esa distancia medida que nos aleja de la posible perversión que significaría cierta cuota de monstruosidad, si se quiere, en el personaje, es la que nos mantiene del lado seguro de las cosas.

A fin de cuentas, el único placer que alcanza ese cuerpo atravesado por tantas cosas es el de dar la teta, única verdadera relación carnal de Alanis.

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