Familia 
Argentina, 2019, 90′
Dirigida por Edgardo Castro.
Con Alicia Mabel Pepa, Magda Castro, Felix Agustin Castro y Edgardo Castro.

La soledad de los ñoquis

Por Marcos Rodriguez

La manera en la que Edgardo Castro maneja la mentira del cine en Familia es magistral. Parece simple, parece fácil, pero en realidad es astuta. No se trata de una forma de resucitar los viejos tiempos del más cansado Nuevo Cine Argentino, tampoco se trata de recurrir al borramiento, tan moderno, tan de hoy, entre documental y ficción. Por supuesto, Castro protagoniza la película que dirige, en la que retrata a una familia que es interpretada por los miembros de su propia familia en la vida real. Por supuesto, buena parte de la fuerza de la dinámica que adquieren sus momentos más chispeantes (esto, por supuesto, es una forma de decir) viene del peso que la repetición de esos gestos dejó visiblemente marcada en los cuerpos de quienes estuvieron dispuestos a ponerse frente a la cámara. Esto es innegable. Pero la maestría de Castro no estriba en el simple hecho de haber convencido a sus viejos (cansados, desinhibidos) de hacer para nosotros lo que hacen en un día cualquiera (y que probablemente no difiera mucho de lo que hacen todos los padres de por lo menos cierta edad), sino en la forma de registrarlos.

No recuerdo haber visto, por ejemplo, otra película en la que no solamente se muestre todo el proceso de elaboración de unos ñoquis caseros (que incluye discusión entre hermanos sobre el punto justo de la salsa) sino también un plano (un tanto desprolijo, es cierto) en el que dichos ñoquis, que vimos nacer frente a nuestros ojos, caen en una olla de agua hirviendo y, sin corte, después de unos (largos) segundos empiezan a flotar hacia la superficie. El tiempo, el detalle, el espacio que Castro permite para el registro de los hechos más banales es su apuesta fundamental.

Astutamente, Castro se vale de la fuerza de la representación realista (baziniana, podríamos decir) del medio cinematográfico para construir su aceitada mentira. Es justo y evidente: la película se llamará Familia y, una vez llegados a Comodoro Rivadavia, transcurre casi en su totalidad en la casa familiar, pero en realidad arranca en una peluquería y durante los primeros 20 minutos tiene como protagonista exclusivo al propio Castro, que se corta el pelo y recorre el largo recorrido que implica llegar desde su casa hasta la casa de sus padres, atravesando rutas, Patagonia, parrillas junto a la ruta, santuarios del Gauchito Gil, hoteles de paso y perros callejeros. Para cuando llegamos a conocer a algún otro miembro de esta familia, el tono no solo está marcado: es irreversible. Unos cuantos habrán quedado espantados/aburridos frente a la irrelevancia, otros (los más modernos) habrán entrado ya en la propuesta de Familia.

Esa propuesta supone jugar al juego de lo documental: lo que vemos es la vida misma. Por supuesto, esto es mentira: dedicarle una cantidad irrazonable de tiempo en plano a la elaboración de unos ñoquis no es una plasmación directa, simple y “cruda” de aquello que es. Es cine; es decir: es mentira. El tiempo en pantalla no transcurre igual que en la vida real, porque el tiempo en pantalla significa. Es así como, por arte de una magia que parece negar su propio artificio, uno ñoquis que asoman en la superficie de una olla pueden convertirse en algo así como el símbolo de una soledad existencial que nunca estuvo incluida en la receta original. Del mismo modo, las conversaciones banales de una sobremesa anodina pueden convertirse en la demostración perfecta del aislamiento que socaba nuestros vínculos.

La maestría que Edgardo Castro es trabajar con este artificio que parece un no-artificio para construir una experiencia absorbente. Mirar Familia no es como compartir una sobremesa aburrida de Navidad con nuestros parientes cercanos. Es otra cosa. Está cargada de sentido. Se construye con cada minuto de nada. Y se apuntala, sobre todo, con pequeños momentos, detalles, sonrisas compartidas. En la familia que presenta Castro, como en todas, hay incomunicación, hay hostilidad, hay repeticiones vacías, hay incomodidad. Pero también hay complicidades, hay cariño, hay un sentido que se construye ya con el simple hecho de atravesar una cantidad absurda de kilómetros arriba de un auto, atravesar medio mundo, para pasar un par de días de mirar telenovelas turcas, ir al supermercado y pasar por lo menos unas cuantas horas unos al lado de otros, frotando pieles arrugadas e insensibles.

El gran hallazgo de Castro no es mirar con una mirada cruda esa mentira que todos elegimos sostener, sino explorar las complejidades que se esconden detrás de una conversación ridícula sobre las tramas imposibles de El sultán.

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