Recuerdos del ayer (Omohide Poro Poro)
Japón, 1991, 118′
Dirigida por Isao Takahata

Las máscaras de mi vida

Por Luciano Salgado

Cuando nos propusimos trabajar con las películas del dossier empecé a reconocer varias pero otras me eran más bien ajenas. O no había escuchado sobre ellas o había leído algo pero de manera tangencial, sin ponerle debida atención. En ese orden de cosas la elección de la película de Takahata tenía una doble finalidad. Por un lado el recuerdo de La tumba de las luciérnagas, que a decir verdad, me había dejado hecho pelota. Con armas nobles, si, pero una película que atenta contra los lagrimales. Como segundo motivo, porque realmente no había escuchado nada de Recuerdos del ayer, por lo que el desafío era doble. Edward Yang se me vino a la cabeza. Pero no era eso solo. Proust y la puta que te parió. La memoria no es solo Resnais ni The Notebook. La memoria es una lucha contra uno mismo. Sintéticamente: una joven criada en la ciudad visita a sus familiares que viven en las afueras, en el campo. Durante el trayecto del viaje, pero también durante la estadía, se cuestiona a si misma en el presente y cuestiona su pasado: qué soy ahora? Qué me hace ser lo que soy? Hice las cosas bien? Qué va a ser de mí? Bueno, contra todas las expectativas de un relato edificante, el film de Takahata desarma una bomba de lugares comunes.

Por eso en la película de Takahata (una de las muchas que no vi de él) el pasado no es un lugar amable al cual volver. Pero tampoco es una pesadilla. De hecho toda la película es, al mejor estilo de gran parte de los films del estudio, un estar entre lugares. La diferencia es que en Recuerdos del ayer esos lugares no son un mundo fantástico y uno real, como acostumbremos a ver en muchas películas de Miyazaki, sin ir más lejos. Los dos mundos son el del pasado que se repiensa y se revisa y el presente que se analiza y se posterga. Porque lo más conmovedor de esta película que actúa por capas sensoriales (pero que cuando las acumula te destruye, como el golpe letal del final de Kill Bill Vol 2) es que nada de lo que experimenta su protagonista parece particularmente decisivo para asumir definiciones en su vida. Como si en alguna medida la película fuera un gran ejercicio de antimemorias. Intentaré explicarme: en general los libros y el cine que trabajan el rol de la memoria vital suele darle a los episodios narrados un carácter formativo, como si todos y cada uno de esos hechos (mayúsculos o minúsculos) definieran a una persona. Y la realidad es que ni el cine ni la vida está determinada por los hechos con tan precisa causalidad. De hecho gran parte de lo que nos hace ser quienes somos quizás ni siquiera dependa de hechos trascendentales que pensamos que nos marcaron.

En buena medida el efecto melancólico que logra Recuerdos del ayer se deriva directamente de esa sensación de viaje temporal en el que se mueve la protagonista. El tren, en este sentido, es una elocuente figura, como si se tratara literalmente de una máquina del tiempo que reúne las condiciones de condensar en su interior todas las variables cronológicas de las personas que supimos ser durante el trayecto vital que atravesamos. En ese viaje la protagonista revista su memoria para entenderse en el presente, pero esos saltos no le proporcionan, al menor no necesariamente, la tranquilizadora frase “hiciste todo bien”, pero tampoco lo contrario. Por eso el punto neurálgico en el que hay que concentrarse para entender cómo se filtran todos los haces de luz de la memoria no está puesto en el juego con el tiempo, con el pasado que fue o no, con el presente que nunca termina de ser o con los futuros posibles. El centro está puesto en el armado de una máscara, que a lo largo de la película la protagonista no logra identificar. Esa máscara es la excusa tranquilizadora de las coming of age con sus arcos dramáticos que expresan cambios constructivos en las vidas de los personajes. Bildungsroman por otros medios.

El problema de Recuerdos del ayer, deviene de sus escenas de post-créditos, en donde en buena medida desvirtúa con violencia aquella indistinción melancólica de sus 116′ previos, en donde todo lo que la protagonista experimentaba siempre estaba cargado de indefinición. Porque en ese final tras los créditos, contrario a lo que la película sostenía, el baile de las máscaras deja en evidencia una identidad posible, como si en efecto ese descubrimiento fuera factible, como si el cambio fuera un horizonte de certezas (no casualmente el horizonte de la tradición rural en la familia). Y en esa decisión tardía hay algo de traición a la protagonista, que no ha hecho otra cosa ante nosotros sino quitarse infinitas máscaras sociales para poder soportarse a si misma y a los demás, pero que en realidad no eran otra cosa que actos de supervivencia frente a la angustia de hacerse viejo (otro de los tópicos de la casa Ghibli). En ese punto, buena parte del buenismo panteísta que exhibían las imágenes -en las que la vida rural parecía esforzada pero a su vez maravillosa- y que quedaba en entredicho, se vuelve un bálsamo para el cuestionamiento de la protagonista. Como si ese final necesitara clausurar lo que estaba destinado a quedar abierto.

Termino Recuerdos del ayer con algo de amargura, en parte por la mencionada nostalgia, por la melancolía del personaje, pero también por la sensación de que no hay que bajar la guardia, porque a veces hasta las películas que parecen más libres pueden ser gato por liebre. Asi, de todas formas, 116 de sus 118′ son notables. Pongan pausa cuando aparezcan los créditos finales. No se amarguen como yo. Cinefilia en defensa propia.

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