El mundo secreto de Arriety (Karigurashi no Arietti) 
Japón, 2010, 94′
Dirigida por Hiromasa Yonebayashi

Cuestión de tamaño

Por Rodolfo Weisskirch

El establecimiento de relaciones entre una civilización diminuta y una civilización de tamaño regular proviene de la antigüedad clásica, incluso más allá de los antecedentes grecorromanos. No obstante es del siglo XVIII nuestro canon instalado. Y le pertenece a Jonathan Swift, un ácido periodista y político, quien escribiera esa extraordinaria obra maestra llamada Los viajes de Gulliver, una novela que narraba los viajes de un marinero en reinos de diversos tamaños. Con la sátira como arma y con la ironía como espada, Swift se valía de la fantasía para tomar posición respecto de su época. Afortunadamente la historia tiene una potencia lo suficientemente universal como para no haber quedado fechada.

Pero saltemos al cine. Si bien ya películas como Dr Cylops (Ernest B. Schoedsack, 1940) ya jugaban con el concepto de las proporciones entre lo grande y lo pequeño, quizás le pertenezca a El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1956) la referencia canónica ineludible, escrita por el genial Richard Matheson, guionista de La dimensión desconocida -sumamos referencias televisivas-, serie obsesionada con las paradojas del tamaño y la percepción del mundo. En la película de Arnold, ciencia de por medio, una persona era encogida. Y, nuevamente, la crítica apuntaba hacia el abuso de la tecnología para cambiar la vida cotidiana de las personas. La típica temática de las novelas de los años 50, donde aparecía representado el temor a una batalla nuclear, en plena guerra fría. Como si el cine fuera un simple espejo de su contexto de época. Pero como ya mencionamos con Swift, a la la literatura también le pasa lo mismo. En el marco del estudio Ghibli, como es costumbre, afortunadamente, se cambia el eje metafórico del tema. En El mundo secreto de Arriety, aún con las mejores intenciones, es el ser humano aquel que puede representar un peligro para la otra especie. Más allá de la época aludida, como si en el fondo el contexto fuera una excusa para volver a lo universal.

Co escrita por Hayao Miyazaki y dirigida por Hiromasa Yonebayashi, este film de 2010, muestra el enlace de dos mundos, acaso otro de los leit motivs temáticos del estudio. Esta vez no se trata del mundo de los muertos y el de los vivos, tampoco de espíritus del bosque, brujas, o simplemente un mundo más tecnológico y otro más primitivo. En El mundo secreto de Arriety hablamos de un universo de humanos diminutos que vive de las sobras que le dejan lo humanos de tamaño regular. Algo similar trabajó Alexander Payne en Pequeña gran vida (2017)

En el rincón de una casa, en medio del campo, Arriety, una adolescente de 14 años, vive con su madre y su padre. El patriarca sale por las noches a buscar comida y restos de prendas para armar su hogar, mientras que la madre es una sencilla ama de casa. Ellos son los diminutos (si quieren encontrarle una similitud con Parasite, pueden hacerlo). En el momento en el que Sho -el hijo de la dueña de la casa de campo, un adolescente enfermo que está por tener una operación coronaria- se muda a una habitación para estar tranquilo antes de la cirugía, Arriety y su padre cruzan el salón buscando provisiones. Sho descubre a Arriety, y ambos sienten una irresistible curiosidad por conocer el mundo del otro, curiosidad, que en buena medida puede representar el primer interés que cualquier joven puede tener por el sexo opuesto, en su primera etapa de la adolescencia. Pero como bien dijimos, el eje metafórico va por otros carriles.

No obstante, el enlace de estos dos mundos también genera peligro. El descuido de ambos adolescentes por cruzar esa frontera permite que la empleada doméstica de la familia, decida ir a la caza de los diminutos, con intenciones no demasiado benévolas, pero que nunca terminan por ser tampoco claras.

Con mayor simpleza narrativa de lo que uno puede esperar de un guión de Miyazaki, pero también con menor ambición visual -y más sutileza simbólica- Yonebayashi construye un relato clásico, con personajes perfectamente delineados, sin malas intenciones. La amenaza, tampoco termina siendo demasiado peligrosa, ni atemorizante. Tampoco es castigada, más allá de la decepción personal y la desacreditación. El punto de vista de la narración, de hecho, se divide entre un personaje femenino fuerte y aventurero (otra de las marcas de la casa) por un lado, y uno masculino débil y torpe por el otro. Debido a la relación que se establece, en un ambiente aislado de lo urbano, uno podría ver similitudes, con mucha menor recarga emotiva, con El jardín secreto. Además no debe haber un solo animé que no tenga un personaje moribundo u hospitalizado (recordar Se levanta el viento).

El fuerte de Arriety es que no pretende ser más de lo que es. No hay una crítica social profunda -algo que se agradece, como si en alguna medida nos hubiéramos acostumbrado a que la crítica implicara un sello de calidad implícito-, pero tampoco la necesita. La construcción de una relación amorosa utópica es el eje del relato. Y cuando los mundos deben partir, Yonebashayi opta por una resolución tibia, casi fría, pero a su vez esperanzadora. La protagonista elige quedarse con su familia, pero ir en busca de sus raíces. El viaje de una antiheroína, que recién empieza. El protagonista que ha encontrado un motivo para seguir viviendo. Algo así como el desenlace de Toy Story 4.

El mundo secreto de Arriety es una parábola sobre mundos que no deben cruzarse, en efecto. Y que no pueden convivir juntos. Donde las diferencias, aunque sean simplemente físicas, afectan los comportamientos cotidianos de ambos. La única forma de que las civilizaciones sigan con sus rutinas es, como en muchas películas sobre el encuentro frustrado entre mundos distintos (pensemos en Peter Weir) es ignorando la existencia del otro. La conclusión es que no importa si se trata de Swift, Matheson o Miyazaki, la literatura y el cine nos enseñan siempre que el tamaño (del corazón) sí importa. 

Comentarios