El regreso del gato (Neko no ongaeshi) 
Japón, 2002, 72′
Dirigida por Hiroyuki Morita

Identidad y libertad

Por Rodrigo Martín Seijas

Hay algo un tanto incomprensible en el título que lleva este film en Latinoamérica, porque no hay ningún regreso del gato en el relato. Mucho más entendible es el nombre que tuvo en España, Haru en el reino de los gatos, por más que no se corresponda con el original japonés, cuya traducción es La gratitud de los gatos. La interpretación hispana se relaciona con una trama con claros ecos de Lewis Carroll y su Alicia en el País de las Maravillas, mientras que la nipona conecta con valores fuertemente arraigados en su cultura. Y ambas miradas son válidas, más aún si tenemos en cuenta que El regreso del gato es un film construido a partir de fragmentos, de piezas de un rompecabezas artístico que comenzó mucho antes de su estreno en el 2002. 

Lo cierto es que El regreso del gato es una suerte de spinoff de Susurros del corazón, estrenada por el estudio Ghibli en 1995 y centrada en la amistad (y posterior romance) de una chica con un compañero de colegio. Allí se presentaban secuencias donde se mostraban a la protagonista escribiendo una novela fantástica cuyo personaje principal se llamaba Barón. Esas escenas se hicieron tan populares que los fanáticos reclamaron que se produjera una película basada en esa supuesta novela. Ese fue el primer impulso para el relato, pero hubo otro más: en 1999, un parque de atracciones japonés le pidió al estudio que creara un cortometraje de animación de 20 minutos protagonizado por gatos, pero lo que fue llamado Proyecto Gato terminó siendo cancelado. Sin embargo, Hayao Miyazaki decidió recopilar el trabajo realizado hasta el momento y utilizarlo como campo de pruebas para futuros realizadores de Ghibli. Finalmente, Hiroyuki Morita, que había dado sus primeros pasos como animador en 1999 en Mis vecinos los Yamada (1999), se hizo cargo de la película, diseñando la historia a través de 535 páginas de storyboard, hasta que eventualmente obtuvo luz verde para trasladarlos a la animación. 

Esa conjunción de influencias, fuentes y tonalidades hacen de El regreso del gato un film pequeño pero aun así ambicioso, que atraviesa varias capas estéticas y narrativas, pero no del todo bien amalgamadas. Arranca posicionada en el mundo real, centrándose en Haru, una estudiante introvertida y sin mucha confianza en sí misma, pero rápidamente da un vuelco cuando ella salva a un gato de ser atropellado. A partir de ahí se da una zambullida a un mundo paralelo, con Haru arrastrada al reino de los gatos y forzada a entablar matrimonio con un príncipe. Conviven entonces numerosos elementos propios de la filmografía del estudio: el protagónico femenino joven y tímido en busca de una identidad, la estructura de viaje y aprendizaje, la disolución de los límites entre la realidad y lo fantástico, y hasta el humor definitivamente juguetón, que incluso se impone como políticamente incorrecto en el momento de su estreno y mucho más visto a la distancia.

Pero en El regreso del gato se acumulan también unos cuantos desbalances, principalmente desde el diseño de los personajes, empezando por la misma Haru: si sus conductas, muchas veces ingenuas, destilan nobleza y a la vez alimentan la vertiente de la película más vinculada a la comedia adolescente, su conflicto identitario no termina de tener la suficiente fuerza y solo puede ser expresado oralmente. Del mismo modo, hay un par de secundarios como el Barón Humbert von Gikkingen (una especie de Fantomas gatuno) y Muta (puro y divertido cinismo) que son estupendos, en contraposición al Príncipe Lune y Yuki, que nunca llegan a tener una real consistencia. Esas altas y bajas de la película, que la convierten casi en una montaña rusa, son también indicadores de riesgos y libertades que se ha tomado Ghibli a lo largo de todo su recorrido: El regreso del gato es un film que gira alrededor de, entre otros tópicos, la libertad a la hora de decidir, y es sumamente consistente consigo mismo y sus espectadores. 

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