El escándalo (Bombshell)
EE.UU., 2019, 108′
Dirigida por Jay Roach.
Con Charlize Theron, Nicole Kidman, Margot Robbie, John Lithgow, Allison Janney, Kate McKinnon, Mark Duplass y Malcom McDowell. Guion: Charles Randolph. Fotografía: Distribuidora: BF Paris. Duración: 108 minutos. Apta para mayores de 13 con reservas. Salas: 59

Bajar del púlpito

Por Federico Karstulovich

Dentro de la inestimable sucesión de películas-moplo derivadas de la corrección política -esa que mata el pensamiento crítico- me topé con El escàndalo, pensando que era otra vez sopa, que en buena medida vendría a replicarnos por enésima vez la expandida misandria culposa del mainstream tranquilizador y feminoide (porque feminismo es otra cosa) que nos hemos habituado a escuchar y ver desde 2016 a la fecha con cada vez mayor intensidad. Error. No solo se trata de una película cargada de una inteligencia suficiente como para no reproducir lugares comunes en torno al metooismo, sino que también logra desmarcarse de la agenda político-partidaria anti Trump, de hecho la película plantea que en todos lados se cuecen habas. Que podemos encontrar víctimas y victimarios por izquierda y derecha, por arriba y por abajo. Y que los abusos de poder y las reivindicaciones frente a esos abusos no son potestad de ningún colectivo ni posicionamiento político en particular, sino que son acciones civiles que le pertenecen a la sociedad en su conjunto. Esto no es un hecho menor en tiempos en los que el pensamiento crítico y la honestidad intelectual van siendo suplidas progresivamente por la homogeneidad ideologética (que no es otra cosa que esa sensación de que todos están pensando con las mismas ideas pero en realidad apenas se comparten 10 o 20 consignas con fraseología pegadiza, no vaya a ser que nos sentemos a pensar, a disentir o a discutir: para eso está el Salem en gran escala que es el sistema policial de persecución ideológica en redes sociales).

Bueno, en ese contexto, El escándalo tiene que resolver varios problemas al mismo tiempo. Por un lado construir la bendita denuncia, que como sabemos, siempre garpa. Pero también hace algo más que reducir la historia de tras mujeres abusadas por su jefe (siendo el abuso naturalizado por las distintas escalas jeràrquicas) al amarillismo de la denuncia. Por qué es más que eso? Justamente porque esas tres mujeres no opinan lo mismo, no actúan del mismo modo ni tienen las mismas perspectivas vitales. Esto convierte a las tres víctimas no en heroínas de nada en particular, sino en tres personas que logra afrontar con miedo, con temblor, con ideas y con emoción el arco de reconocerse en una experiencia más o menos repetida, pero con diversidad de matices a la hora de las consecuencias.

Jay Roach, como varios compañeros de generación, optó con el tiempo por alejarse de la comedia escatológica de los primeros años de su carrera (si, se trata de el director de La familia de mi novia…dos décadas atrás) para acercarse a ese terreno en el que se están moviendo con cierta soltura muchos directores de la casi fenecida Nueva Comedia Americana. Y lo hizo tomando prestados algunas de las herramientas que ya había utilizado Adam McKay en La gran apuesta y en El vicepresidente: interpelaciones a cámara, voz over, saltos temporales, ruptura de la cuarta pared, cierta actitud wise ass a la hora de narrar los hechos sin un ápice de solemnidad…y fundamentalmente, un humor cáustico, cínico. No, ninguno de los que mencionamos está a la altura de Billy Wilder, pero hay una intención de construir un fresco social desde el desapego y el cinismo galopante que nunca termina por funcionar, entre otras cosas porque en algún momento logramos empatizar con las víctimas.

Y es ahí donde se acaba el juego con el tono. Pero aclaremos: El acoso no es ni pretende ser una comedia, pero si lo intenta es el mismo razonamiento del cine de denuncia aquel que le pone un tope, como si de alguna manera el mainstream actual, cada vez que atraviesa un hecho real a través del filtro de la comedia en algún momento precisara disculparse, precisara matizar, precisara decir que cuando llega el punto serio hay que poner un freno. Bueno, eso mismo no le pasaba a McKay, que es más y mejor director que Roach, pero que al mismo tiempo no tiene algo que si tiene este último: cuidado por los personajes. En El vicepresidente McKay juega a la misantropía de los Coen pero con mayor elegancia. Y aún sale perdiendo. Roach no llega con el piné. Le da para bastante menos. Pero en ese reconocimiento parece entender que debe cuidar, confiar en y querer a sus personajes, por eso entiende que ese amor en algún momento debe tener un correlato por fuera de los gestos de la comedia. Es malo eso? No sé si malo, en todo caso parece algo cobarde, algo conservador.

Cuando El escándalo comienza su último tercio vamos comprendiendo que la agenda del cine de denuncia se ha impuesto aquí también, si. Pero agradecemos que no mediante un panegírico en pos de una bajada de línea sobre la liberación de las mujeres en sus correspondientes universos laborales en los que pudieran sufrir abusos de poder. No, Roach confía en los hechos, en las imágenes, en el rol de sus personajes y sus experiencias individuales antes que en las declaraciones rimbombantes, en el show off, en los statments que declaran pertenencia. Por eso sus personajes son cuidados: son personas, atravesando momentos dolorosos, sin un púlpito desde el cual señalar a otras víctimas ni desde el cual sentenciar admonitoriamente donde están los futuros victimarios. Quizás esto nos llame la atención, precisamente, porque la película se ocupa del territorio al que el cine nunca debió haber renunciado: al de las ideas expresadas con sensibilidad sin intención de cambiar el mundo, apenas con la capacidad de iluminar un poco sus iniquidades y hacer algo con eso para que el asunto sea un poco menos injusto para quienes alguna vez sufrieron lo mismo.

Comentarios