El llamado salvaje (The Call of the Wild)
EE.UU., 2020, 100′
Dirigida por Chris Sanders.
Con Harrison Ford, Omar Sy, Cara Gee, Karen Gillan, Dan Stevens, Bradley Whitford, Colin Woodell y Scott MacDonald.

El último gran héroe

Por Rodolfo Weisskirch

Cuando tenía seis años, alla por el 91, fuimos con mis primos, mi tío y mi padre al cine. Vimos Colmillo blanco, de Randal Kleiser –el mismo de Grease y El viaje del navegante-, con un joven Ethan Hawke como protagonista. Y si bien nunca fui muy fanático del subgénero “aventuras de perros”, en este caso había un factor de compatibilidad entre el lobo y el humano que me resultaba atractivo. Sumado a esto estaba el retrato de la geografía de Alaska en medio de la fiebre de oro, otro tema que siempre me pareció interesante, pero en ese entonces, además, me parecía un tema “adulto”, de “gente grande”. No me parecía la típica película infantil de Disney. Vista varios años después, a pesar de sus estereotipos, la película supo sobrevivir al paso del tiempo. Ya siendo adolescente su calidad narrativa me parecía intacta.

Si me retrotraigo a aquellos años, durante buena parte de la década del 90, Disney desarrolló numerosas historias manipuladoras sobre animales en peligro, como la saga Volviendo a casa. Si, ya sé: hablamos de películas que estaban principalmente apuntadas al mercado del vhs y el cable. Incluso en la mayor parte de ellas el regreso a casa era la meta de estos animales. Pero no era el caso de Colmillo Blanco, que como buen exponente de las adaptaciones de novelas de Jack London, mostraba al animal perteneciente a su hábitat primitivo.

2020. Adaptar de nuevo, un cuento clásico de London tenía su riesgo. Los animales no hablan entre ellos, la época es bastante deprimente, los personajes no ameritan el protagonismo de un actor joven de moda. Y admitámoslo, London, tampoco es un autor masivo hoy en día. Por lo tanto, el atractivo de la propuesta pasaba por encontrar una vuelta tecnológica acorde a la actualidad. A su vez demandaba ser políticamente más correcta en lo que respecta a la utilización de animales en escena. Cómo? La respuesta la trajo el CGI. Así como se hizo con la trilogía de El planeta de los simios, La bella y la bestia o las dos versiones de El libro de la selva (la de Disney y la de Netflix, ambas, bastante decepcionantes), Chris Sanders, realizador que previene del universo animado –Los Croods, Lilo & Stitch– dirige esta nueva versión de El llamado salvaje, animando digitalmente a Buck, el protagonista, así como al resto de perros, lobos, liebres, ardillas, y algún oso que anda suelto por los bosques del norte de Canadá.

Al igual que en Colmillo Blanco, la acción sucede en el contexto de la búsqueda de oro, en medio de montañas nevadas. Nunca se profundizan demasiado en los aspectos socio-económicos de esta época, eso si. Buck, un perro de hogar, se escapa del cuidado de un juez, al que no le tiene demasiado cariño que digamos, porque escucha “el llamado de lo salvaje”. Así, esta especie de San Bernardo termina siendo secuestrado y vendido para ser perro de trineo en los ásperos bosques que limitan con Alaska. Primero, al cuidado de una pareja francesa interracial (en la novela son dos hombres bastante agresivos), que aun cuando tiran de ellos, tienen un trato amable y benévolo con el protagonista, luego con un caricaturesco buscador de oro de la ciudad, y más tarde con un viejo solitario, que encuentra en Buck, el compañero que necesita para redimir su vida.

Novedades? No en particular. Al final de cuentas estamos ante otro camino del héroe. El animal domesticado y mimado, travieso y hambriento que descubre su faceta salvaje, capaz de liderar una banda de lobos. El arco del personaje es coherente. El problema son las características humanizadas que Sanders y equipo le dan a los personajes caninos, típicos de un film animado, más que de un híbrido de este estilo. Similar a lo que David Lowery hiciera con Como educar a un dragón, en 2016, pero incrementando cada emoción y reacción, en pos de un efecto demagógico y manipulador. 

Hay algo poco orgánico en la simbiosis CGI – live action. Como si no se hubiera podido completar a tiempo el trabajo de VFX. Las miradas entre hombres y perros no coinciden, los personajes están demasiado recortados del fondo. Es tal el grado de distracción que provocan los errores visuales, que se pierde de vista el espíritu noble y aventurero de la narración, y la epopeya clásica carece de emoción, porque su hiperrealismo provoca una distancia artificiosa y cruel con cualquier empatía. No resultan genuinas las escenas, e incluso llegan a un nivel de absurdo bastante molesto e irresponsable para la diégesis. 

Por eso, durante casi toda la primera hora, no pude más que preguntarme si no hubiese sido más lógico una película completamente animada. Porque sumado a los errores audiovisuales está la ausencia de sutileza narrativa. Una voz over subrayada y redundante. Un clasicismo empobrecido.

Entonces, cabe preguntarse, ¿hay alguna real justificación para que Buck tenga que interactuar con actores, que además no logran destacarse (Dan Stevens, Omar Sy, Karen Gillian, Bradley Whitford, todos muy mal aprovechados)? La justificación es el personaje de Jack Thorton. Y ahí se encuentra el gran placer culpable del film: Harrison Ford. Habría que revisar cuándo fue la última vez en la que HF brindó una interpretación tan cálida y empática. Es muy difícil no enamorarse de esa sonrisa, de no emocionarse con su soledad. Curiosamente la película que debía destacarse por el diseño de un personaje totalmente digitalizado es la que le da la oportunidad a Ford de redimirse tras varios años de roles secundarios fríos, insustanciales y decepcionantes. 

Este lobo solitario –similar al que Tom Waits interpreta en el corto de La balada de Buster Scruggs– guarda más que un punto en común con el entrañable Han Solo. La complicidad con Buck, asume características de lealtad, similares a las que tiene con Chewbacca. Los mejores y más tensos pasajes del film, de hecho, son aquellos donde Thorton y Buck están solos, aprendiendo de la naturaleza del otro o enfrentando contratiempos. Debajo de esa tupida barba gris, el actor mantiene una frescura innata, que permite disfrutar, al menos, un gran tramo del film. Lamentablemente en el desenlace Sanders aplica la peor de las fórmulas. Una que guarda una irónica e innecesaria reminiscencia con El despertar de la fuerza. Con ese gesto lo poco rescatable de El llamado salvaje queda en el olvido. 

Ni cerca del espíritu aventurero de Jack London -y mucho menos de Colmillo blanco– donde el respeto entre las especies no necesitaba ser explícita y reiterativa, El llamado salvaje es un fallido intento de revivir un género de películas familiares de aventuras que había quedado en el olvido. Pero al apostar a la interacción entre avances tecnológicos y clasicismo desconoce que la simbiosis solo puede funcionar humanismo mediante. Un gesto infantiloide, que apenas, en un resabio de amor confuso, nos reencuentra con la mejor versión de Harrison Ford, el último gran héroe del cine de aventuras. 

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