El precio de la verdad (Dark Waters)
EE.UU., 2019, 126′ 
Dirigida por Todd Haynes
Con Mark Ruffalo,  Anne Hathaway,  Tim Robbins,  Bill Camp,  Bill Pullman,  Victor Garber, William Jackson Harper,  Mare Winningham,  Kevin Crowley,  Trenton Hudson, Marc Hockl,  Lyman Chen,  Courtney DeCosky,  Scarlett Hicks,  Lea Hutton Beasmore, Denise Dal Vera,  Louisa Krause,  Daniel R. Hill,  Chaney Morrow,  Lisa DeRoberts, Brian Gallagher,  John Newberg,  Wynn Reichert,  Tera Smith,  Tyler Craig, Barry G. Bernson,  Amy Morse,  Jeffrey Grover,  Teri Clark

La agenda al día

Diego Maté

Unos chicos se trepan a un alambrado, se sacan la ropa y se meten en un lago. Salvo ellos, todos sabemos que el peligro es inminente, que tienen que salir rápido de ahí. Los planos al ras del agua sugieren una presencia monstruosa, pero la amenaza no emerge de las profundidades sino de la superficie: un barco patrulla prende las luces y con un megáfono echa a los chicos del lugar. El suspenso acumulado en esos primeros minutos tiene un desenlace fatalmente realista: el barco pasa y limpia manchas que flotan en el lago. Pero el terror, en última instancia, fluye, aunque lo haga con retraso: la contaminación del agua y el uso de sustancias tóxicas de DuPont produce, con los años, enfermedades, cánceres y malformaciones en bebés. El juego termina ahí; después viene una escena en un buffet de abogados y la película adopta un tono monolítico: gris, contenido, rutinario, un thriller mínimo, escuálido. Hollywood hace estas cosas todo el tiempo: siempre hay un cierto número de peliculitas importantes, de denuncia, hechas por lo general con una factura prolija que habla de los males corporativos que corrompen los cimientos de Estados Unidos. El antecedente inmediato es Spotlight, un objeto confeccionado con una sorprendente falta de entusiasmo que previsiblemente ganó el Oscar. Hollywood organiza su imagen pública filmando y premiando películas así. No es grave, el sistema funciona de esa forma desde hace tiempo. Lo extraño es que sea Todd Haynes el encargado de un proyecto así. 

Hay directores que toman riesgos cambiando universos personales y tono, que prueban cosas nuevas, pero lo de Haynes es otro asunto: el hombre renuncia a su mundo por nada, por una película que se agota toda en el cuento a lo David y Goliat. Dark Waters está diseñada para producir unos efectos muy precisos: indignación, toma de conciencia, compromiso. Un par de Oscars, tal vez (no se dio). Pero de pasarla bien nada. Un cine que queda bien hacer y ver. Si algo tuvo la filmografía un poco despareja de Todd Haynes fue, justamente, la generosidad con la que se invitaba al espectador a disfrutar de las historias siempre excesivas, con un tratamiento exagerado de los estereotipos, que exhibían gustosas superficies coloridas y apropiaciones del melodrama. Mejores o peores, sus películas estaban alimentadas por un ánimo lúdico que se volvió su marca más reconocible. Dark Waters, en cambio, no sabe lo que es jugar, está demasiado ocupada en adaptar un artículo periodístico. El guion sigue sin mucho entusiasmo la transformación de Robert Bilott, que pasa de interesarse en una denuncia marginal a volverse un paladín entregado sin límites a la causa. Mark Ruffalo pone cara de oso triste que pide elogios y premios: una versión masculina de Natalie Portman, sin siquiera el leve encanto de su personaje en Spotlight (se ve que la exposición prolongada a estas películas deja secuelas).

En el medio hay diálogos sobre la impunidad de las grandes empresas, la resistencia estoica de los débiles y las vidas arruinadas por la contaminación, pero todo parece ejecutado con languidez y pereza, como si la película quisiera cosechar los beneficios sociales de la denuncia pero no se atreviera ni siquiera a levantar un poco la voz. Ruffalo deja tirada a su familia, Anne Hathaway aguanta en silencio y con resentimiento y Tim Robbins tiene un diálogo oscarizable en un plano que, antes que a los abogados de la firma, parece que le hablara al público (hay extorsiones como esa en La lavandería, también). Pasa el tiempo: todos están peor, la empresa sigue haciendo de las suyas, Ruffalo sufre ataques y casi no puede hilar una frase. El teflón es una porquería, tire eso, señora. Giro de último minuto, esbozo de final feliz. Epílogo con cifras. Fin. Todd Haynes, el resucitador de melodramas desbordados, reducido apenas a burócrata de la agenda biempensante hollywoodense.

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