Entre navajas y secretos (Knives Out)
EE.UU., 2019, 130′
Dirigida por Rian Johnson.
Con Daniel Craig, Chris Evans, Ana de Armas, Jamie Lee Curtis, Michael Shannon, Don Johnson, Toni Collette, Christopher Plummer y Frank Oz.

Las razones de Hitchcock

Por Rodolfo Weisskirch

Muchas fueron las ocasiones en las que le preguntaron a Alfred Hitchcock porque nunca adaptó una novela de Agatha Christie. La respuesta era siempre la misma. Para él un whodunit no suponía una película de suspenso. El misterio del whodunit era de raíz literaria. La tensión de la información desdoblada entre espectador y personaje, por el contrario, suponía un acto del orden de un lenguaje plenamente cinematográfico

“Causa mucha más tensión que el público sepa antes que el protagonista, quién es el asesino, que tener que esperar hasta el final para revelarlo. ¿Dónde está el peligro? ¿Cómo se genera la incomodidad, si el público no intenta advertirle inútilmente al personaje, que está cenando con un criminal”, sostenía AH con particular énfasis.

Acaso para callar a sus detractores Hitchcock dirigió ¿Quién mató a Harry? (1956), que no era otra cosa sino una gran sátira de los whodunit, posiblemente una de las primera películas en cuestionar fuertemente un subgénero del policial que se encontraba en franca decadencia para aquel entonces . No obstante, a pesar de tener algunos pocos rasgos de suspenso, ¿Quién mató a Harry? manejaba desde el humor esa tensión con una forma del policial que era esquiva al director. 

Más de medio siglo después (un adelantado), en Entre navajas y secretos, Rian Johnson pretende arribar a un término medio entre la novela clásica de Agatha Christie y la sátira al género. Un anacronismo? Parece más bien un traspié, como si no se sintiera cómodo en ninguno de los dos terrenos. Recordemos que hay notables ejemplos de sátiras a los whodunit, entre los que se incluyen Clue -la adaptación al juego de mesa- y la maravillosa Muerte por asesinato, escrita por Neil Simon, y un elenco de comediantes excepcionales, en el que se destacaban Alec Guiness y Truman Capote. 

Pero el film de RJ no se propone a sí mismo como una relectura humorística del género, sino que pretende iniciar una saga de aventuras, a cargo de su protagonista: Benoit Blanc, un detective privado con el poder de observación y cinismo de Sherlock Holmes, pero la verborragia de Hércules Poirot. Pero es bastante más que eso. En este sentido, el aporte que Johnson hace con este personaje, es más relevante que la película en sí misma, aunque no lo crean. Sí, Blanc es simpático. Y ver a Daniel Craig, que generalmente es bastante parco, construir un detective asexuado, paternal, honesto, pero a la vez un poco estrambótico, es un mérito que casi nadie podía prever. Y es que en medio de tantos personajes que son refritos de personajes de cómics, novelas, remakes, etc, la posibilidad de reconocer a un personaje nuevo es cuando menos un respiro.

El problema es que Blanc, nunca logra tener tanto peso dramático como la verdadera protagonista de la historia: Marta Cabrera, la falsa culpable que no puede faltar en un film, qué en su ambición, también decide rendir un homenaje Hitchcock. 

Ok, no se puede negar que Johnson estudió el subgénero. Están todos los estereotipos y subtramas, pero con un nivel tan superficial y absurdo que no se puede tomar completamente en serio la intención de hacer un whodunit real asi como no es consistente como sátira. Veamos.

  1. Los personajes. Salvo por el cuarteto que conforman detective-víctima-falsa acusada-criminal, el resto de los personajes están dibujados. Sí, alguno es más pintoresco que otro -como la madre de la víctima, que es una de las mejores creaciones del film-, pero el resto no se sostiene. En los primeros minutos, Johnson esgrime los motivos por los cuáles podrían ser los asesinos, pero después los olvida. La intención parece ser más bien marketinera: tener una combinación de nombres prestigiosos, algunos jóvenes que pican alto, otros, estrellas medio olvidadas que fueron rescatadas en los últimos años (como so jugara a ser Tarantino y reciclarlas). En este grupo, Jamie Lee Curtis, logra despegarse un poco, pero más por presencia física que por tener un personaje fuerte y complejo.
  2. El comentario social. Como en todo whodunit, desde las novelas de Holmes hasta Poirot, hay una pretensión de crítica social relevante. Ya sea una visión decepcionante de la guerra o un romance interracial, los escritores tendían a usan el misterio como pretexto para generar una discusión de carácter político-social. Johnson no es ajeno a esto, pero el tratamiento que le da a la inmigración latina es paupérrimo. La familia Thrombey tiene una mentalidad conservadora, de ultraderecha (con evidentes alusiones a Donald Trump). Sin embargo, su tratamiento es vago y repleto de clichés, como si a RJ no le importara demasiado tampoco, ya sea para no caer en el discurso solemne, o para no conceder políticamente y perder espectadores. Sea como fuere, la crítica termina siendo reducida a un concepto, que es exprimido hasta que pierde la gracia: cambiar la nacionalidad de Marta continuamente.
  3. El espacio dramático. Narrativamente es nulo, no aporta nada . Tres cuartas partes del film se desarrolla en la mansión Thrombey. No es muy difícil imaginar una adaptación teatral del guión de Johnson y las actuaciones -más cercanas a la declamación- aportan un tono telenovelesco, exagerado. Sin embargo hay algo de esto que supone una marca en Johnson, quien siempre que la acción se concentra dentro de cuatro paredes sabe generar más tensión que cuando sale de ella. Las persecuciones son torpes, la puesta de cámara en un restaurante, se reduce al plano-contraplano pero sin justificativo aparente. Para un director que supo hacer una de las más interesantes continuaciones de Star Wars -me refiero a Episodio VIII: Los últimos Jedi– o que logró niveles de complejidad y sofisticación infrecuentes para el mainstream como en Looper, Entre navajas y secretos es un paso para atrás. Sí, los climas están bien cuidados, hay una puesta en escena y dirección de arte precisas, pero también hay pereza. Especialmente cuando se sale de la mansión.
  4. Los juegos y los giros narrativos. Al igual que la familia que protagoniza Boda sangrienta (película con la que es interesante establecer un diálogo) a los Thrombey les gusta jugar al misterio. Especialmente al patriarca, un escritor de novelas de misterio, que supuestamente se ha suicidado. El juego está solamente en descubrir al que llevó a cabo el plan, porque el peón, se sabe casi al principio, fue la enfermera latina. Johnson rompe el punto de vista del detective –y ahí se diferencia un poco con Christie o Conan Doyle- y así, el espectador quizás sí sepa más que el detective (es decir, se nos haga jugar a un suspenso algo banal y avejentado), pero de saberlo todo no habría película. Johnson juega a ser más inteligente que el espectador, pero la verdad es que no le sale bien, porque la resolución, la táctica de deducción y los motivos, terminan siendo tan básicos y obvios que el juego pierde la gracia. Por ese motivo los giros narrativos de la segunda mitad del film, solo tienen el propósito de languidecer la resolución.

Entonces, ante todo esto. ¿Qué es Entre navajas y secretos? ¿Una sátira, una reivindicación, una burla, un homenaje? Debo decir que son todo y nada a la vez. Y en eso se parece bastante a Star Wars Episodio VIII: Los últimos Jedi. Pero con la diferencia que al introducir un poco de imprevisibilidad a una saga que sigue siendo entretenida, pero ausente de sorpresas, Johnson aportó una desconcertante vitalidad. Quizás por accidente. Pero la división de aguas, a mi criterio, no estuvo mal. 

En cambio, acá vuelve a sufrir los mismos problemas que tenían Los estafadores (The Brothers Bloom, un liviano homenaje a Topkapi) y Looper: detrás de un mecanismo narrativo enroscado, de idas y venidas temporales, diálogos que parecen complejos, se encuentra un papel en blanco. Muchas pretensiones, pocos resultados. La resolución, por otra parte, es vana y superficial. Claro, que es tan obvia que uno no se la ve venir y piensa que el realizador va a sorprender de alguna manera. Pero no. Y acá es donde a Johnson se le nota el gesto, la pose canchera, la pretensión de ser el más ingenioso de la sala. 

No les voy a negar que, durante la primera visión, el juego parece entretenido, atrapante y llamativo. El tema es que cuando el humo se empieza a despejar, solo quedan cenizas. Y por más que tengamos a Craig, De Armas, Evans y Plummer (eterno) dejando todo delante de cámara, rompiendo con la imagen que la industria ha creado de ellos (específicamente con Craig y Evans), al final de todo, queda menos satisfacción que el final de un capítulo de CSI. 

Lo positivo es que, para los que nos criamos leyendo a Christie y Conan Doyle, enamorándonos de los métodos de deducción de Marple, Poirot y Holmes, al finalizar la proyección nos queda la opción de volver a agarrar sus libros. O en su defecto, reencontrarnos con Ustinov, Finney o Suchet; Jeremy Brett o Benedict Cumberbatch. O tener esperanzas que el próximo caso de Benoit Blanc, sea un poco más interesante. 

Al final, como siempre, Hitchcock tenía razón. 

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