Gretel & Hansel 
EE.UU., 2020, 99′
Dirigida por Oz Perkins
Con Sophia Lillis,  Ian Kenny,  Charles Babalola,  Alice Krige,  Abdul Alshareef, Jessica De Gouw,  Samuel Leakey,  Loreece Harrison,  Beatrix Perkins, Manuel Pombo Angulo

El bosque petrificado

Por Rodolfo Weisskirch

Hace unos cinco años el debutante Robert Eggers demostró con La bruja, su ópera prima, que se podía hacer cine de terror con bajo presupuesto, pero plagado de sutileza, climas inquietantes y sin pretensiones. El secreto de aquella película redundaba en que bajo la apariencia de un film de terror, acaso levemente gótico, Eggers construía un melodrama familiar, narrando la historia de un patriarca que aterrorizaba a su familia, y la mantenía marginada del resto de la civilización, que a su vez era bruta, hipócrita y fascista. Una fábula moderna, si. Pero también una película signada por un preciosismo formal que no era habitual encontrar en el terror de aquellos años. El otro niño mimado de este terror-arty fue Ari Aster, director de la interesante El legado del diablo, película bastante más pretenciosa y manipuladora que La bruja, pero al mismo tiempo portadora de varias ideas visuales y un humor negro incómodo, suficiente como para distraer al espectador regular del género, suficiente para sacarlo de la modorra de los estrenos mediocres que las distribuidoras hacen circular con tal de llenar las salas con posesiones diabólicas y malas copias de fantasmas asiáticos. Con su segunda obra, Midsommar, en cambio, a Aster se le cayó la careta y ya no pudo disimular lo vacuo y absurdo -para mal- que es su cine.

Mucho más cerca de Aster que de Eggers se encuentra este tercer opus de Oz (u Osgood) Perkins -hijo de Anthony, el escalofriante actor, que quedó encerrado en el laberinto kafkiano de Orson Welles, en El proceso, pero también mayormente célebre como Norman Bates en Psicosis-, pero bueno, esto es apenas una nota al pie. Volvamos a lo que importa: las pretensiones. Con la obsesión de encontrarle un giro de tuerca contemporáneo a una historia popular, Perkins, y su guionista Rob Hayes, fuerzan una relectura del cuento de los hermanos Grimm, transformando a Gretel en protagonista absoluta, convirtiéndola en una víctima de una sociedad misógina, abusiva, grotesca, que aborrece a las mujeres jóvenes, esclavizándolas sexualmente. En este orden de cosas -emparentándose lateralmente con la película de Eggers- las brujas son figuras que se revelaron del sistema y por eso viven, distanciadas de los pueblos, atrayendo y comiéndose a los hijos de campesinos y comerciantes, invirtiendo en buena medida la carga política en la lectura. Pero hay un segundo gran contraste con respecto al cuento de los Grimm: en la película de Perkins la madre de los niños, tras la muerte del padre, decide desterrarlos para que intenten hacerse ellos mismos con la comida, dado que Gretel se negó a acostarse con un comerciante. Turbio. Ante la ausencia de alimento y al borde de la desnutrición, el hogar de una anciana, en medio del bosque, no parece tan mala opción. Uno no sabe qué es peor.

El principal problema del film de Perkins es que, bajo la apariencia de una fábula de terror-artie, vende algo mucho peor que una lectura de la misoginia contemporánea en clave medieval: Gretel y Hansel pretende ser una obra introspectiva filosófica – existencial escrita y dirigida por Terrence Malick, con alucinaciones de Jodorowsky o Panos Cosmatos ( el director de Mandy…pero mal comprendido y peor ejecutado). Si no fuese por la hipnótica mirada de la notable Sophia Lillis -la excelente actriz de IT, que es una imaginaria y perfecta hija de Jessica Chastain con Amy Adams (y por eso interpretó las versiones juveniles de ambas)- realmente es muy poco lo que esta Gretel & Hansel consigue para llamarnos la atención. Entre el soporífero relato con voz over, el abuso de planos bajos y contrapicados, uno puede olfatear una mala imitación de El árbol de la vida, con un contexto temporal similar al de El nuevo mundo. Y aunque Perkins le dedica una meticulosa atención a la puesta en escena, la película es absorbida íntegramente por la pericia preciosista y vacía del director de fotografía. A qué viene esto? Desde su retorno, allá por 1998, con La delgada línea roja, Terence Malick encontró un segundo aire para su obra. Luego de dos películas míticas iniciales y un par de décadas de silencio se despachó con unos once largometrajes en las últimas dos décadas. Se le puede acusar de muchas cosas a TM, pero en fondo, no deja de tratase de un narrador con ideas claras, con una visión personal e inclaudicable de lo que desea contar. Puede gustar o no, puede resultar ambicioso o pretencioso, pero Malick sabe de cine y maneja los resortes de un relato cinematográfico por capacidad propia, sin deberle nada a nadie.

En G&H el hilo narrativo es invisible (pero no porque maneje los resortes del clasicismo, sino porque todos los resortes le saltan a la vez, como en un colchón desvencijado) y que cualquier intención de recrear una estructura de cuento popular que reconoce las formas de la narración clásica como herramienta es inexistente. Las elipsis temporales son caprichosas, los alucinaciones, arbitrarias, las decisiones narrativas, gratuitas. Pero es contemporánea y respeta la agenda al día, eso si. Ni por imitación funciona esta película copycat. 88 minutos eternos. 88 razones para dejar de apoyar un estilo de hacer cine de “terror” que supo tener mejores exponentes 40 años atrás, cuando el género tenía menos prestigio pero más ideas y menos presencia en festivales.

Además, con lo caro que está el kilo de pan, mejor no tirar las migas al piso.

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