Los caballeros (The Gentlemen)
EE.UU., 2020, 113′
Dirigida por Guy Ritchie.
Con Matthew McConaughey, Charlie Hunnam, Hugh Grant, Michelle Dockery, Jeremy Strong, Colin Farrell, Henry Golding, Tom Wu, Eddie Marsan y Eliot Sumner.

La fiesta para uno

Por Rodrigo Martín Seijas

Los caballeros pudo haber sido una buena película si no fuera porque fue escrita y dirigida por Guy Ritchie. Para que quede claro: había un cierto atractivo en la premisa de un relato centrado en un estadounidense (Matthew McConaughey) que busca vender su redituable imperio de producción y distribución de marihuana en Londres, pero que se enfrenta a una multiplicidad de conspiraciones, engaños y extorsiones cuyos objetivos implican robarle lo que es suyo. El problema son las formas que adopta Ritchie, que en este caso sobrepasan un límite que siempre había bordeado a lo largo de su filmografía y que aquí es totalmente dinamitado.

La autoindulgencia siempre fue un problema que atravesó el cine de Ritchie, que estaba latente en cada fotograma suyo. Los niveles variaban incluso dentro de cada film y no dejaba de ser llamativo cómo el ego del realizador era compensado por otros egos diversos. A decir, el ego de Brad Pitt le permitía montar un personaje totalmente desatado y paródico en Snatch: cerdos y diamantes, que reparaba la canchereada constante de la narración. Algo similar sucedía en otros proyectos donde la ciclotimia del montaje y la puesta en escena de Ritchie quedaba subordinada a materiales con orígenes previos: el juego de espías elegante de la Guerra Fría disciplinaba la estilización posmoderna en El agente de CIPOL y la mitología medieval se las arreglaba para poner en un segundo plano –o más bien lectura- las guerras de pandillas en El Rey Arturo: la leyenda de la espada.

Pero esa especie de vuelta a los orígenes que es Los caballeros deja al desnudo el vacío que acechaba al cine de Ritchie desde hacía buen rato. Es como si ya no hubiera red de contención, porque aquí es su estética la que tiene total y absoluta centralidad. Es Ritchie la estrella del film y no otros actores, figuras o tópicos, como en Sherlock Holmes o Aladdín. Y si en Snatch o  Juegos, trampas y dos armas humeantes surgían pasajes donde el cineasta procuraba construir personajes y conflictos mínimamente sólidos, en Los caballeros solo tiene para ofrecer una autoconsciencia de su propio estilo y las herramientas cinematográficas a las que recurre. Sin embargo, esa autoconsciencia explícita solo sirve para dejar en claro las manipulaciones y arbitrariedades de la narración, la ausencia de algo realmente sustancial para contar. 

Donde todo esto queda más patente es a través del periodista que interpreta Hugh Grant, que le cuenta todo lo que sabe a un mafioso que encarna Charlie Hunnam para avalar su chantaje. Es un personaje que pretende complejizar la narración e hilvanar un metadiscurso que remite a la propia filmografía de Ritchie pero también a la de Quentin Tarantino e incluso a esa gran película que fue Los sospechosos de siempre. También es un personaje que representa al propio Ritchie queriéndonos decir “miren cuán bien miento, cuán hábil soy para montar mascaradas, estafas o verdades a medias”. Sin embargo, en Los caballeros las mentiras se intuyen a la distancia, revelando que Ritchie enreda lo que podría ser un relato lineal por puro capricho.

En cierto modo, Los caballeros termina pareciéndose a Los 8 más odiados en el peor sentido: pretende ser un acto de magia pero sus trucos quedan a la vista y el espectador nunca puede involucrarse en la trama, más allá de algunos momentos logrados. Esto también en un punto hace caer a Ritchie en el cinismo: no solo lo que cuenta es la nada misma, pura pose y superficie, sino que hasta se esfuerza en decirlo a los cuatro vientos. Y eso agranda la sensación de estar asistiendo a una fiesta frenética pero aburrida donde el anfitrión solo quiere aplaudirse a sí mismo. 

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