The Turning 
EE.UU., 2020, 94′
Dirigida por Floria Sigismondi
Con Mackenzie Davis,  Finn Wolfhard,  Brooklynn Prince,  Niall Greig Fulton, Denna Thomsen,  Mark Huberman,  Barbara Marten

El eterno retorno

Por Sergio Monsalve

La historia vuelve, como un bucle maldito, para cobrarse nuevas víctimas en la pantalla. La novela de Henry James, Otra vuelta de tuerca, ha sido objeto de innumerables adaptaciones en series, películas y cuentos de la cripta. Dicen que Alejandro Amenábar se inspiró en ella para filmar su pretenciosa y sobrevalorada cinta de espectros con Nicole Kidman, Los Otros, acaso un antecedente de lo que se insiste en vender con la etiqueta mentirosa de terror elevado. Un tropo que Perro Blanco ha mordido y despedazado en notas que recomendamos revisar. 

El tráiler de la reciente versión de Floria Sigimondi, del relato en cuestión, generó adhesiones instantáneas en la comunidad de Twitter. El ritmo del avance, unido al diseño de producción de la autora, fue un buen augurio para el inicio de temporada en el mundo efímero del pánico anglo. Sin embargo, la crítica respondió con tibieza e indiferencia ante el estreno del filme, seguramente porque el Oscar dejó a todos con la mirada fatigada y la paciencia al límite de cero, incluyéndome en el lote, por supuesto. 

Aun así, considero que The Turning merece una segunda oportunidad, una revisión de un fanático de la directora que la descubrió en los videoclips darks de Marilyn Manson y Chistrina Aguilera, cuando el pesimismo gótico bañó a la televisión, representando el zeitgeist del fin de siglo XX. Lo gótico sucedió al grunge, al hair metal y al pop del fenómeno de las Boy Bands, al compás de la música estridente y desencantada de los cantantes que consagró Sigismondi con su arte de fashion mutante, decadente y transgenérico. La realizadora labró una carrera de éxitos en la plasmación de un infierno de gente bella que se mutilaba, autodestruía y torturaba, como un ejemplo de las derivas subjetivas y corporales de aquella posmodernidad. 

Floria lo intentó en el cine con cintas independientes que no terminaron de cuajar o darle un status de Ari Aster en la industria. Pero no duden por un segundo que ella y sus trabajos son más que la imposible bosta de Midsommar. En efecto, The Turning, a pesar de sus problemas de guion, prolonga las obsesiones de la creadora, con la imagen apolínea y la descomposición de los castillos de la cultura victoriana, mediante una relectura de los relatos de la nana que actualmente reproduce Hollywood como capítulos de un folletín morboso y anquilosado. 

Apadrinada por Spielberg, la pieza sobrevive solo por contemplar la caída de una arquetípica Mackenzie Davis, que es una de las muñecas rotas que la directora suele convertir en fetiche de su obra, de sus cuadros estilizados, de sus primeros planos. La tensión sexual, propia del texto de base, trasciende la mera anécdota de los encuentros y desencuentros, para marcar un interesante punto de discordia en la narrativa de la protagonista, buscando ganarse la aprobación de los chicos de la mansión encantada. El varón, por su parte, procede de la cantera de Strangers Things, duplicando su rol de niño oscuro, solitario y conflictivo. El adolescente traspira deseo y voluntad de poder sobre la subalterna, planteando un esquema de acoso y abuso latente. La niña debutó en The Florida Project, siendo aquí una inocente aliada en el descenso al averno que espera a la dulce profesora particular. 

El libreto se enrosca cerca del segundo tramo, instalándose en el vacío y el abismo del que no logra salir el género en el milenio. Asi las cosas, The Turning respeta la escritura de Henry James, al dibujar la mente desquiciada y esquizofrénica de una dama en aparente control, cuyo pasado regresa para sumirla en un estado de pesadilla y alucinación. El desenlace llega de manera abrupta e inexplicable, en un típico corte seco y letal de Floria Sigismondi. Enhorabuena, sus demonios y espectros continúan con nosotros. 

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