Categoría: TV y Series

Computadora, cama, fin de semana o noche de corrido. Mirar una serie (actual o no tanto) implica un salto al vacío en muchos casos.
Acá intentamos hacer algo con esa duda existencial que carcome, si, pero desde una perspectiva personal: ¿Qué hay para ver?

The Outsider (parte II)

Si la primer tanda de capítulos despuntaba una serie realista, mas cercana al tono de True Detective que a cualquiera de las cosas que Richard Pryce había hecho previamente, a partir del tercio central (que va de los episodios 4 al 6), buena parte de ese verosímil, en tensión entre el mundo de King y el mundo del guionista, se vuelve casi insostenible, en parte por la manera en la que el mundo representado está encarado. Y es que si algo definía a las primeras salidas de The Outsider eso era su condición de serie envuelta en dos mundos, El del realismo sucio pero también el del fantástico, que como hemos dicho una y mil veces, precisa de ambigüedades, de ambivalencia. Esa condición convertía a aquello que veíamos en una narrativa que en ningún momento traicionaba la cosmovision de los mundos que mostraba: por un lado la sordidez realista de las interpretaciones que nos acercaban al abuso infantil y a la pedofilia. Pero por otro, los componentes necesarios de un sistema de intrigas propias del fantástico mas aterrado. Esa indistinción, esa sensación de pertenencia a dos perspectivas inseparables convertían a los primeros capítulos en un camino posible a seguir y a tener en cuenta, algo que los alejaba de la serie-que-quiere-contentar-a-todos para jugarse por un tono sombrío, que poco a poco avanzaba hacia un terreno mas definidamente sobrenatural.

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The Trials of Gabriel Fernández

Sea de la forma que fuere (ya sea agarrándome de los pelos conmigo misma, ya sea replicando el meme de spiderman señalándose a si mismo) me dispuse a ver la serie porque, si algo tiene este documental es un gran punto de partida, un hecho que narrativamente vincula a lo que vamos a ver con un cine de terror materialista, perturbador, oscuro. Pero que de a poco va perdiendo algo de ese peso ominoso inicial y se va transformando en una suerte de thriller judicial contra las instituciones del estado, lo que dispersa en buena medida la potencia del punto de ataque de los seis capítulos que forman The Trials of Gabriel Fernandez (me niego a utilizar el ridículo título en español de Justicia para el pequeño Gabriel, que pierde en buena medida el corte jurídico del nombre original). O al menos dispersa el componente más ominoso hacia un terreno deliberadamente institucional. Y con esa institucionalización, la potencia narrativa de la serie se ramifica hacia todos los ejes posibles que atraviesan la cadena de responsabilidades que se sucedieron para que esa muerte pudiera existir.

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Ragnarok

La comparación viene al caso aquí ya que Ragnarok juega a varios juegos conocidos, pero fundamentalmente al de las siete diferencias. En su vuelta de tuerca, que supone convertir a los materiales mitológicos en versiones seculares y mundanas, me resonaba algo que supo ser una moda pasajera hace un par de décadas pero que luego se perdió en el olvido. Algo me resonaba de finales de los 90s y los primeros 2000s, cuando una diversidad de películas y series (acaso corridas por el ánimo reflexivo tardío de la cultura pop, cīnica y descreída de los relatos clásicos de finales de siglo XX) se propusieron un camino alternativo a la ya remanida recurrencia de volver a contar las mismas historias a nuevas generaciones. Será por eso que algo de esta clase de propuestas traía implicado a un público con una competencia cultural adecuada como para ser parte de la fiesta. Porque si nos invitan a una fiesta y no sabemos bailar, como que mucha gracia no tiene el asunto.

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Hunters

Cuando la cartelería de este caballito de batalla de Amazon comenzó a irradiar buena parte de la ciudad el asunto se hizo insoportable, como sucede con muchas series (pero bastante poco con películas: parece que las series son característicamente hijas del fenómeno “evento”, algo que es mas bien esquivo para las películas, excepto contados casos, como ciertos grandes tanques o películas que funcionan gracias al boca en boca y a la legitimación, como sucedió con Guasón), fue imposible decirle que no a Hunters, que nada tiene de maldita y sensual, pero si tiene de adictiva, en parte por su tono incapaz de definir una identidad clara (al menos hasta el capítulo 5, donde las veleidades pop tienden a estabilizarse un poco y la histeria galopante de los primeros capítulos se pone en función de necesidades narrativas), en parte por trabajar con uno de los temas predilectos de la cultura popular, como es el nazismo y el fantasma de su no disolución. Pero el asunto que vuelve más atractiva a la serie es su capacidad de reunir múltiples teorías conspirativas y entremezclarlas con hechos históricos fehacientes, como si en alguna medida buscara encontrar, por la vía de la conspiración, las respuestas adecuadas a buena parte de los males que azotaron a la historia estadounidense de los 70s.

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Sex Education – Segunda temporada

La última secuencia de la segunda temporada de Sex education, donde hay un mensaje en un celular que no llega a ser escuchado por el destinatario porque un tercero lo borra deliberadamente, es en buena medida un resumen de todo lo que se había visto previamente. En su nueva entrega, la serie creada por Laurie Nunn termina por abrazar su costado más telenovelesco, ese donde predominan idas y vueltas, malentendidos, triángulos amorosos, verdades, mentiras, verdades a medias, mentiras piadosas y hasta enfrentamientos de clase. A tal punto lo telenovelesco adquirió centralidad, que hasta quedó un tanto relegada la parte del procedural, del análisis de las neurosis sexuales de los estudiantes, profesores y otros habitantes del pueblo que había sabido ser el centro de la temporada inicial. Me corrijo. Más bien creo que se terminó de constituir en una capa adicional dentro de un relato plagado de giros que rozan el inverosímil pero que nunca dejan de ser juguetones. Hay algo indudablemente lúdico en esta segunda temporada de Sex education -una voluntad constante por jugar con los límites de lo creíble-, que lleva a la serie a convertirse casi en una parodia de sí misma.

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