Ragnarok
Dinamarca, 2020, 6 episodios de 45′
Creada por Adam Price
Con David Stakston,  Jonas Strand Gravli,  Emma Bones,  Herman Tømmeraas, Theresa Frostad Eggesbø,  Henriette Steenstrup,  Fridtjov Såheim, Gísli Örn Garðarsson,  Bjørn Sundquist,  Synnøve Macody Lund,  Tani Dibasey, Odd Magnus Williamson,  Kornelia Eline Skogseth,  Iselin Shumba Skjævesland, Eli Anne Linnestad,  Geir Johnsen,  Jeppe Beck Laursen, Karoline Petronella Ulfsdatter Schau,  Ylva Bjørkaas Thedin,  Line Verndal, Kyrre Haugen Sydness,  Jonas Hoff Oftebro

El juego de las siete diferencias

Por Luciano Salgado

Una sensación nostálgica me invadió cuando vi los primeros veinte minutos. Esto ya lo vi.

Cuando era chico mi abuela consumía unos tabloides inmundos (para lectores sub 30: un tabloide era un híbrido entre revista y periódico, con formato a mitad de camino entre ambos, por lo general con una perspectiva sensacionalista y/o amarillista), entre cuyos nombres más conocidos estaban Flash y Semanario. Recuerdo en tardes de verano, cuando ya se los había leído de punta a punta y yo todavía no había despuntado el vicio de la lectura y del cine (tenía 6-7 años), me divertía mucho con un juego en el que se comparaban dos imágenes, llamado las siete diferencias. Por algún motivo, siendo niño, entrené bastante la memoria con esos juegos. Y si algo de talento tengo, con el paso de las décadas, es el de la conservación de la memoria. A qué viene todo esto? A que cuando algo se me asemeja a material conocido siempre me acuerdo de ese juego y de esos veranos y de esos tabloides infectos que me ayudaron a memorizar y comparar (algo que nos sirve mucho a los cinéfilos y a los críticos).

La comparación viene al caso aquí ya que Ragnarok juega a varios juegos conocidos, pero fundamentalmente al de las siete diferencias. En su vuelta de tuerca, que supone convertir a los materiales mitológicos en versiones seculares y mundanas, me resonaba algo que supo ser una moda pasajera hace un par de décadas pero que luego se perdió en el olvido. Algo me resonaba de finales de los 90s y los primeros 2000s, cuando una diversidad de películas y series (acaso corridas por el ánimo reflexivo tardío de la cultura pop, cīnica y descreída de los relatos clásicos de finales de siglo XX) se propusieron un camino alternativo a la ya remanida recurrencia de volver a contar las mismas historias a nuevas generaciones. Será por eso que algo de esta clase de propuestas traía implicado a un público con una competencia cultural adecuada como para ser parte de la fiesta. Porque si nos invitan a una fiesta y no sabemos bailar, como que mucha gracia no tiene el asunto. Por otra parte, para ser bien sinceros, tampoco era necesario ser un especialista en cultura popular. Sin ir más lejos, con un mínimo de curiosidad y google al lado (y un par de horas de sobra) uno podía ponerse al día y comprender las alusiones entre lo mitológico y lo mundano.

El juego de las siete diferencias en Ragnarok nos lleva a la comparación entre el mundo actual y mundano de la serie con el mundo mitológico de Thor (naturalmente un mundo previo a los cómics, que incluye una larga lista de referencias en la cultura popular de occidente). En ese juego nosotros jugamos a dos bandas: podemos prever hacia dónde se nos va a llevar, qué personajes ocuparán los roles centrales de la mitología (pero todavía no lo saben), cuál puede ser la derivación de los acontecimientos y cómo de producirá el puente, la transición entre uno y otro tono. Ahí es donde la serie danesa de seis capítulos tiene un pie puesto en una suerte de drama adolescente de tira juvenil de media tarde (para los lectores argentinos será fácil encontrar el tono entre Montaña Rusa y casi cualquier tira juvenil producida por Cris Morena, para los lectores de otras latitudes piensen en una versión empobrecida de Dawson’s Creek) y otra parte en el código de las películas de superhèroes. Extrañamente la amalgama de todo eso es un tercer tono, que es el de un thriller político sobre acciones que acometen empresas contra los ciudadanos y cómo estos deben rebelarse ante el poder del capital concentrado que en su afán de lucro es capaz de eliminar a todo lo que se le cruce en el camino (todo el texto en bastardilla debe leerse con tono sentencioso y solemne).

Es curiosa la mezcla: no asume la autoconciencia que uno supone debería tener un producto de estas características (recuerdan la serie Once upon a time?), no funciona mitológicamente en su solemnidad manifiesta, pero tampoco como tira juvenil sobre amores adolescentes. Funciona, entonces, como thriller político? No, es bastante superficial y elemental el modo en el que organiza la información de manera que pueda proponernos algo distinto a un discursivo protoecologista. Cuando la serie comienza a cerrar líneas dramáticas e informaciones varias sentimos que le falta tiempo, que lo hace de manera desesperada, como si todo el interés quedara concentrado en decir (y gastar) lo menos posible en la primer temporada para poner una presunta y potencial carne al asador en la segunda. Pero claro, mientras estos pobres paganos especulan con nuestro interés en una segunda entrega no tomaron en cuenta que lo único que nos estaba dejando pegados era jugar al juego de las siete diferencias. Bueno, para el capítulo 6 el juego ya habrá terminado. El tema es que los juegos no tienen segundas temporadas. Los fracasos, a veces, si.

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