Sex Education S02
Reino Unido, 2020, 8 episodios de 45′ 
Creada por Laurie Nunn 
Con Asa Butterfield,  Gillian Anderson,  Emma Mackey,  Ncuti Gatwa,  Chaneil Kular, Alistair Petrie,  Connor Swindells,  Cerys Watkins,  Kedar Williams-Stirling, Aimee Lou Wood,  Mimi Keene,  Tanya Reynolds,  Patricia Allison,  Simone Ashley, Chris Jenks,  Max Boast,  Kadeem Ramsay,  Daniel Adegboyega,  Edward Bluemel, Femi Elufowojo,  Lily Newmark,  Rakhee Thakrar,  Milly Thomas,  Adam Young

The Culebrón, among us

Por Rodrigo Martín Seijas

La última secuencia de la segunda temporada de Sex education, donde hay un mensaje en un celular que no llega a ser escuchado por el destinatario porque un tercero lo borra deliberadamente, es en buena medida un resumen de todo lo que se había visto previamente. En su nueva entrega, la serie creada por Laurie Nunn termina por abrazar su costado más telenovelesco, ese donde predominan idas y vueltas, malentendidos, triángulos amorosos, verdades, mentiras, verdades a medias, mentiras piadosas y hasta enfrentamientos de clase. 

Y a decir verdad, hace bien, porque ese cimiento narrativo y estético le sirve para afianzar su idea de fresco social, su retrato de un pueblo chico que es un infierno grande pero que nunca llega a ser realmente tétrico, aunque sí ligeramente sombrío, aún en sus momentos más alegres y vitales. Como un melodrama venezolano pasado por la mirada british –que entremezcla a las clases trabajadoras con los profesionales, pero también a lo puritano con lo liberal-, todo está a punto de estallar, de volar por los aires…pero con una cierta contención, con una propensión al silencio. Las emociones están a flor de piel, latentes, buscando los momentos para hacerse explícitas, en una puesta en escena donde los colores chillones confluyen con tonalidades –visuales y sonoras- indudablemente melancólicas. 

A tal punto lo telenovelesco adquirió centralidad, que hasta quedó un tanto relegada la parte del procedural, del análisis de las neurosis sexuales de los estudiantes, profesores y otros habitantes del pueblo que había sabido ser el centro de la temporada inicial. Me corrijo. Más bien creo que se terminó de constituir en una capa adicional dentro de un relato plagado de giros que rozan el inverosímil pero que nunca dejan de ser juguetones. Hay algo indudablemente lúdico en esta segunda temporada de Sex education -una voluntad constante por jugar con los límites de lo creíble-, que lleva a la serie a convertirse casi en una parodia de sí misma. Pero al mismo tiempo ese componente paródico no deja de ser una forma de poner en crisis a los personajes y sus estructuras íntimas y sociales, para así alimentar los conflictos. 

De ahí esa pulsión por sumar tramas y subtramas, como si el fin último fuera evidenciar cierto absurdo en el que viven los protagonistas a partir de sus silencios u omisiones. La centralidad la continúa manteniendo Otis -Asa Butterfield exprimiendo su costado introvertido al máximo-, con su habilidad para analizar los conflictos ajenos pero sus dificultades para encarar los propios, que no solo abarcan lo sexual sino también lo amoroso, sin poder manejar apropiadamente su relación con su novia Ola y los sentimientos que sigue teniendo por Maeve. Pero hay a la vez una retroalimentación con ese espejo maternal que es Jean, quien ingresa en el territorio escolar para aportar su experticia en cuestiones de sexualidad (y de paso chocando, casi inevitablemente, con Otis) mientras intenta, infructuosamente, volver a tener una relación romántica estable. Y ahí es clave la actuación de Gillian Anderson, con su capacidad para hilvanar un tour de force actoral donde es su rostro antes que sus palabras aquel que expresa mayormente los dilemas internos que la aquejan, sus vacilaciones y miedos que la condicionan. 

Pero todo esto es apenas una muestra del despliegue de conflictos de la serie, que hasta se da el lujo de abordar temas como el acoso en lugares públicos o privados en un capítulo que funciona como una reversión de El club de los cinco pero en clave feminista, lo que hace bastante más digerible una bajada de línea ciertamente explícita. En el medio, hay un triángulo homosexual, separaciones, un pedido de divorcio, pansexualidad, una puesta teatral de Romeo y Julieta que se termina asemejando a una porno espacial y un largo etcétera. Pasa de todo en la segunda temporada de Sex education, que a lo largo de sus ocho episodios parece estar siempre al borde del descarrilamiento y la catástrofe narrativa. Quizás ahí esté buena parte de su atractivo, en esa búsqueda deliberada de los abismos genéricos, en su juego desfachatado, algo distanciado pero también cariñoso con la superficie de las telenovelas, a las que celebra sin despecho alguno. 

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