The Trials of Gabriel Fernández 
EE.UU., 2020, 6 episodios de 50′
Creada por Brian Knappenberger

Cruce de caminos

Por Ludmila Ferreri


Tengo una mala relación con las películas y series sobre juicios. Pero una gran, yo diría, una excelente relación con el policial. Tengo a su vez una pésima relación con el cine y las series explotation, pero al mismo tiempo tengo una excelente relación con el cine de terror y sus premisas perturbadoras. Cómo hago para explicarles la pelea que tuve con las Ludmilas que me habitan a la hora de enfrentar si debía ver o no esta docu-serie que el gigante del streaming me ofrecía cada vez que terminaba de ver algún capítulo de cualquier otra cosa? (Les cuento un secreto que me contaron: en cierta revista, en el mes de abril, ciertos redactores van a hablar mucho sobre BoJack Horseman.)

Sea de la forma que fuere (ya sea agarrándome de los pelos conmigo misma, ya sea replicando el meme de spiderman señalándose a si mismo) me dispuse a ver la serie porque, si algo tiene este documental es un gran punto de partida, un hecho que narrativamente vincula a lo que vamos a ver con un cine de terror materialista, perturbador, oscuro. Pero que de a poco va perdiendo algo de ese peso ominoso inicial y se va transformando en una suerte de thriller judicial contra las instituciones del estado, lo que dispersa en buena medida la potencia del punto de ataque de los seis capítulos que forman The Trials of Gabriel Fernandez (me niego a utilizar el ridículo título en español de Justicia para el pequeño Gabriel, que pierde en buena medida el corte jurídico del nombre original). O al menos dispersa el componente más ominoso hacia un terreno deliberadamente institucional. Y con esa institucionalización, la potencia narrativa de la serie se ramifica hacia todos los ejes posibles que atraviesan la cadena de responsabilidades que se sucedieron para que esa muerte pudiera existir.

El inicio no puede ser más terrible y perturbador a la vez (que de manera inteligente el director y creador de la serie organiza al estilo de los documentales de Erroll Morris, por medio de una reconstrucción elíptica y con entrevistas, que permiten reconstruir los hechos lateralmente pero sin abonar al morbo), ya que narra la llegada de una ambulancia a una serie de condominios en una zona humilde de la localidad de Palmdale, en los suburbios de Los Ángeles, California. Esa llegada tiene una finalidad: salvar a un niño de 8 años que perdió el conocimiento y está al borde la muerte, al menos según sus padres (en realidad la madre y su pareja), quienes declaran que el niño, el Gabriel del título, se habría resbalado en la ducha, golpeándose y perdiendo el conocimiento. El punto es que la perturbación comienza cuando en los primeros auxilios que se le aplican en el traslado comienzan a aparecer datos que indicarían que el niño no solo no se lastimó por un accidente sino que fue producto de una golpiza seguida de tortura, que le dejara aproximadamente unas 72 marcas en todo su cuerpo, como si en el fondo estuviéramos testimoniando una versión realista de una torture-porn de Eli Roth.

Pero, claro, tal y como lo mencioné en el inicio, la serie toma el punto de partida de un policial (que hace de los dos primeros capítulos un potencial desarrollo lyncheano: cómo fue eso posible? Qué sucede en ese condominio en los suburbios como para que ese infierno de tortura y maltrato haya tenido existencia? Fue el niño abusado por sus padres o hubo algo más en el medio como para que eso fuera posible? ) pero cuando las respuestas comienzan a aparecer elige convertirse en una serie sobre las iniquidades de las administraciones de los poderes del estado y su negligencia (acaso una de las formas del policial negro más kafkiano gire en torno a eso) antes que en una serie sobre el mal, sobre el sadismo, sobre las posibilidades de daño mutuo ante las que estamos expuestos los humanos (de hecho no podía dejar de recordar el aspecto más sádico de Evil Genius, serie que reseñamos en este revista y que pueden leer en este link). Pero no, la elección es menos humanista y más anti-sistema. Curiosamente el componente humanista es aquel que obliga a preguntarse por el mal ejercido por humanos. Pero la serie solo aparenta un interés al respecto que cubre y al que responde con una retahíla de lugares comunes sobre el acto de cuidarse mutuamente en una comunidad, pero en el fondo no tiene la capacidad de mirar hacia adentro de la misma sino apenas señalar las anomalías burocráticas, como si las oficinas no estuvieran ocupadas por personas, por seres humanos con decisiones espeluznantes (que en la serie van de los visitadores sociales al hogar de familias con violencia doméstica hasta los encargados de recibir las denuncias telefónicas, los maestros que observaban anomalías o la misma policía, incapaz de avanzar en un procedimiento más allá de lo elemental, para no extralimitarse en su trabajo).

La decisión tomada puede comprenderse, porque afecta a la cotidianidad y a la percepción que solemos tener de los organismos del estado: que en el fondo no son otra cosa que oficinas llenas de burócratas desconectados de las soluciones inmediatas para los problemas cotidianos. Esa sensación de burocracia impune, esa sensación de mundos desconectados, es la que la serie intenta rearmar con precisión de cirujano, intentando reconstruir una forma invisible del mal, en donde todas las pequeñas acciones, por más que no lo parezcan, forman una red invisible de abandonos. Contra ese espanto avanza la serie. No está mal, porque en el fondo también es hija de su tiempo, que visibiliza a las corporaciones (políticas, institucionales, empresariales). Pero lateralmente deja de cuestionarse por la perturbadora naturaleza humana, esa que es capaz de encerrar a un niño durante ocho meses, torturarlo diariamente de todas las formas imaginables y entregarlo, impunemente, como si el sistema asegurara que nada va a pasar. Todavía tengo más miedo de la segunda de las formas del mal que de la primera, que puede estar plagada de errores y agachadas, pero convenientemente deshumanizada aparece como mas peligrosa. La repetición del mismo patrón en otros casos, que la misma serie describe en el final de su temporada, da cuenta de este espanto infinito.

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